Empresa-sociedad

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En "Empresa y sociedad, bases de una economía humanista", J. L. Montero de Burgos expone la posición humanista opuesta al concepto de propiedad sobre las cosas. La propiedad sobre las cosas (en este caso, la empresa) ha dado poder sobre las personas. Invirtiendo esto, el poder de las personas debe dar propiedad al acceso de la renta de la empresa y en ningún caso debe ejercerse sobre las personas. Pero, ¿de dónde nace este poder? Este poder está dado por el riesgo tanto del capital como del trabajo, por tanto nadie puede ser dueño de la empresa sino que se ha de tener poder sobre ella de acuerdo con la tenencia de la gestión, de la decisión.

El poder está vinculado al "empresario que pone el dinero", al propietario de la empresa o, si se quiere, al propietario de la tierra. Últimamente aparecen tendencias a que este poder se desplace a un cuadro de ejecutivos. Pero si ese cuadro de ejecutivos no satisface al capital en la cuenta de resultados, corre el serio riesgo de que el capital lo sustituya por otro equipo más acorde con su fin, que no es otro que el beneficio. El poder sigue estando en el capital. Más aún, dado que la empresa moderna está concebida dinámicamente, su desarrollo, su capacidad de competir, está ligada a la financiación, que no siempre puede hacer por sí misma. La tendencia actual de la evolución del poder, incidentalmente en manos de la técnica gerencial, es hacia el poder financiero, hacia el poder del dinero, pues de él depende el futuro de la empresa. Un Banco puede hundir a una empresa próspera, negándole crédito. Y puede hacerlo porque no tiene que rendir cuentas a nadie de esta decisión. He ahí lo que puede llamarse, usando un símil astronómico, el "gran atractor" del poder. A este creciente poder del dinero se une la pérdida constante del poder del trabajo. En general, los trabajadores han presionado en la dirección de mejorar sus retribuciones y condiciones laborales y los empresarios en la dirección de retraer beneficios hacia la empresa, bien para su expansión y/o fortalecimiento, bien para asignar beneficios al capital. Pero en la actualidad cada vez se da más importancia en esta confrontación, por parte de los trabajadores, a la permanencia de los puestos de trabajo. A su vez, la tecnología multiplica la producción necesitándose cada vez menos trabajadores. Además, los continuos cambios del mercado requieren adaptaciones rápidas de forma que los empresarios presionan para eliminar trabas en el despido. Por su parte, la renovación industrial y comercial contrae a muchas empresas que acaban por quebrar, dejando a sus trabajadores en el paro. También está influyendo el aumento monstruoso de las actividades especulativas. Las actividades especulativas no producen ningún bien a la sociedad. Son posibles a causa del poder exclusivo del capital en las empresas. La especulación consiste, ya se sabe, en comprar bienes (acciones, empresas, terrenos, moneda, productos) para después venderlos por un precio mayor, beneficiándose con la diferencia del precio de compra y el de venta, pero sin que el bien en cuestión sufra ningún cambio útil a la sociedad. Sólo se transforma su precio. Cuando el objeto de especulación es la moneda nacional, vemos al propio estado utilizando un fondo, que es de todos los ciudadanos, y que se lo reparten los especuladores.

Si se acepta que las cosas no pueden ser fuentes de poder sobre las personas, pierde su fundamento el poder empresarial tal y como hoy se concibe. Por tanto, se necesita encontrar otra base del poder que permita la libre creación de empresas. Esto resulta concordante con el apartado I del Documento Humanista (Humanista, documento), donde se fundamenta el poder en el riesgo. En este caso, en el riesgo empresarial de los miembros de la empresa. Podemos, pues, preguntarnos sobre estos riesgos:

El inversor corre riesgo. Puede perder todo o, al menos, una parte del capital invertido. Tiene pues derecho de decisión, derecho de gestión en la empresa por esta situación humana de riesgo, no porque el capital le dé poder. De otro modo, si la inversión no corriera riesgo de perderse, su aportador carecería de base para reinvindicar poder de gestión. Su riesgo real fundamenta su poder.

Hay riesgo para el trabajador. Éste pierde su puesto de trabajo si la empresa quiebra. Y no cabe minimizar este riesgo. Cuando el trabajador pierde su colocación, pierde su estabilidad laboral. Tiene que buscar un nuevo puesto de trabajo. Pierde también su estabilidad económica, pues el seguro de desempleo, cuando existe, ni cubre todos los ingresos anteriores, ni los garantiza para siempre. Pierde su estabilidad social porque, en estas circunstancias, las relaciones sociales se deterioran. Pierde su estabilidad moral, porque deja de hacer un trabajo útil a la sociedad y que justifica sus devengos. Su propia dignidad humana le impele a no ser un parásito social y, si acepta pasivamente esta situación, se hace realidad el riesgo de envilecerse que conlleva estar parado. Por tanto, el trabajador pierde si fracasa la empresa. El trabajador corre también riesgo empresarial y tiene, por tanto, derecho de gestión por sí mismo, por su propia situación humana, y sin necesidad de comprar partes sociales para justificar su poder.

Cuanto se acaba de decir no es intrascendente desde el punto de vista conceptual. Significa "poner al revés" al esquema razonador de la propiedad que actualmente es: “Propiedad (de cosas), luego poder (sobre personas)“. Si se basa el poder en el riesgo, al anterior esquema se lo invierte, pues pasa a ser: “Poder, luego propiedad“. Es decir: poder (vinculado al riesgo empresarial), luego propiedad de cosas (esto es, acceso a la propiedad de la renta de la empresa y no al poder sobre personas).

Actualmente hay tres alternativas empresariales.

1. El capitalismo, basado en la empresa privada, y cuya estructura ideológica se nutre en la actualidad del neoliberalismo. Requiere una economía de mercado, del que forma parte el trabajo y preconiza acumulaciones de capital que han de estar, en su mayor parte, en manos de unos pocos: los ricos. El sindicato es libre.

2. El socialismo, basado en la propiedad estatal de los medios de producción. Se estructura ideológicamente a partir del marxismo. Preconiza una economía planificada, controlada por el aparato estatal; elimina el mercado de trabajo que se suple con medidas burocráticas, y sólo admite las acumulaciones de capital que hace uno solo: el estado. En teoría, este planteamiento sería un primer paso para desarrollar la autogestión empresarial, que es lo coherente con los principios del socialismo. El sindicato es único y controlado por el aparato estatal.

3. El cooperativismo, que preconiza la cooperación en la empresa, que se adapta tanto a ámbitos capitalistas como socialistas, pero que carece de ideología socioeconómica propia. No tiene solución satisfactoria para los trabajadores que no sean copropietarios y no dispone, en general, de modos de acumulación de capital que sean eficaces: las empresas han de acudir normalmente a créditos "blandos", propiciados indirectamente por el estado y concedidos de hecho por empresas, bancarias o no, afines al aparato oficial. No hay sindicalismo peculiar.

También está a la vista la socialdemocracia, que es un compromiso de la postura socialista con la capitalista. Pero las socialdemocracias existentes no son aplicables a los países en vías de desarrollo, pues necesitan de un sindicalismo estable, ni son humanamente aceptables al requerir la existencia de una clase social poderosa que acumule capital.

Si contemplamos el problema social desde una perspectiva biológica parece lógico asumir que la apropiación de recursos por parte del ser humano ha de ser coherente tanto con la naturaleza como con su propia condición específica. Todos los seres vivos se apropian de recursos para desarrollar sus fenómenos vitales mediante apropiaciones de dos tipos: unas pudieran llamarse "privadas", o individuales, pero también las hay "comunes", como pudiera ser un hormiguero. Incluso dentro de una comunidad biológica pueden coexistir ambos tipos. Pero, la naturaleza, además de estos tipos de apropiación, ha establecido también lo que M. de B. llama "apropiación genérica". Mediante ésta, todos los recursos están potencialmente disponibles para cualquier tipo de vida y forma de apropiación, privada o común, que quedan así subordinadas a un nivel superior de apropiación y abiertas, por tanto, a una redistribución de los recursos, que permite la perduración de la vida. El hombre, por su parte, ha racionalizado ambas apropiaciones, convirtiéndolas en propiedades privadas o comunes, respectivamente. Pero no ha creado la propiedad genérica, que abarcaría a ambas, les daría flexibilidad y, por supuesto, les quitaría esa especie de permanencia que tienen las dos anteriormente comentadas. En suma, los bienes de la tierra no son ni propiedad privada de los que acceden a ellos, ni propiedad común de la humanidad, sino propiedad genérica. Esto es: todos los seres humanos deben tener propiedad en todas las cosas. Ejemplo paradigmático de la propiedad genérica es el aire, que no es, desde luego, propiedad privada de nadie pero, ni siquiera, es propiedad común de la humanidad. Todos los demás seres vivos que lo necesiten han de tener acceso al aire, y el hombre no puede apropiarse de algo que no le pertenece en exclusiva, sino que está abierto a todos y cada uno de los hombres, a todos y cada uno de los seres vivos, en función de sus necesidades de respirar. El aire es propiedad genérica de los seres vivos. Veamos ahora qué tipo le corresponde a esa propiedad tan peculiar que es el cuerpo humano. Por supuesto, se puede afirmar que el cuerpo humano no es propiedad común de la humanidad ni, menos aún, de un estado. La proclividad subjetiva inicial es hacia la propiedad privada del sujeto de ese cuerpo. Pero en realidad, y según la propiedad genérica, yo no soy propietario de mi cuerpo sino que tengo, por razones de afección obvias, el derecho a decidir sobre mi cuerpo, o sea, tengo el derecho de gestión de mi cuerpo, al menos, en principio. Supongamos, para esclarecer este punto, que yo me encuentro con una persona herida o accidentada que no puede valerse por sí misma. Si no hay nadie más, ese herido necesita que mi cuerpo le ayude para salir de esa situación. Por razón de necesidad, el herido activa la propiedad genérica a su favor, y asume el derecho de gestión de mi cuerpo. Por supuesto, yo puedo negarme a que mi cuerpo le ayude, pero en ese caso le robo, le niego algo que le corresponde. Si por el contrario, decido ayudarle y le traslado, por ejemplo, a un hospital, una vez allí, y satisfecha su necesidad, yo recupero el derecho de gestión sobre mi cuerpo. El cuerpo humano no es otra cosa que un bien más de propiedad genérica de los seres humanos, y sobre el que tiene prevalencia el sujeto de ese cuerpo. Realmente, es una propiedad compartida con las personas a quienes la actividad de mi cuerpo le afecta (mi familia), aunque normalmente su gestión sea minoritaria. Para resolver ese mismo y supuesto problema con la propiedad privada, hay que introducir una obligación, moral o jurídica, ajena a la propiedad. La propiedad genérica tiene, por el contrario, virtualidad por sí misma para dar solución satisfactoria al supuesto caso que se comenta.

Ciertamente, la Naturaleza no instrumenta el acceso a los recursos mediante el proceso razonador vigente en la normativa de los humanos: propiedad, luego poder, sino la contraria: poder, luego propiedad. Ese poder, en los niveles inferiores al hombre, es la fuerza física, en amplio sentido. Fuerza, luego propiedad, es el instrumento que la Naturaleza está usando constante y continuamente en la lucha por la vida. Esa fuerza es la que mantiene la apropiación, que decae en cuanto decae la fuerza. En el caso del hombre, esa fuerza ha de ser fuerza no natural sino humana, y la dialéctica será fuerza humana, luego propiedad. Esto quiere decir:

a) Necesidad, luego propiedad, de modo que toda carencia humana encuentre satisfacción.

b) Trabajo, luego propiedad, de forma que el trabajo sea la manera normal por la que el hombre acceda a los recursos.

c) Riesgo, luego propiedad, de manera que el que corre un riesgo tenga no sólo el poder necesario para contrarrestarlo, sino el estímulo adecuado para que lo asuma, si eso es lo que conviene a la sociedad. Este planteamiento es coherente, en la empresa-sociedad, con una manera de entender el poder que, como fuente de recursos, queda vinculado al valor humano de riesgo empresarial.