Experiencias Guiadas

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Libro de Silo incluido en el libro Obras Completas Volumen I terminado de escribir en 1988

Portada de la edición de Plaza y Janés

Explicación

Desde la introducción de Obras Completas Volumen I:

Experiencias Guiadas fue escrito en 1980 y corregido en 1988. Este libro está dividido en dos partes. La primera, titulada Narraciones, es un conjunto de trece cuentos y constituye el cuerpo más denso y complejo. La segunda, bajo el título de Juegos de Imágenes, consta de nueve descripciones más sencillas que las de la primera parte. A este material se lo puede considerar desde diferentes puntos de vista. El más superficial nos muestra una serie de relatos breves con final feliz. Otro enfoque revela a esta obra como una serie de prácticas psicológicas apoyadas en formas literarias. Todo el libro está escrito en primera persona pero se debe destacar que esa “primera persona” no es la que habitualmente apreciamos en otro tipo de escritos porque aquí no se trata de la primera persona del autor sino del lector. Siempre hay una especial ambientación que sirve en cada cuento como enmarque para que el lector llene la escena con su propia personalidad y sus propias ocurrencias. Colaborando con estos ejercicios aparece en los textos un asteriscado (*), que marca pausas y ayuda a introducir mentalmente las imágenes que convierten a un lector pasivo en actor y coautor de cada descripción. Esa originalidad permite, a su vez, que una persona lea en voz alta (marcando las interrupciones mencionadas) y que otras, escuchando, imaginen su propio “nudo” literario. Tal cosa que en estos escritos es la tónica, en otros más convencionales destruiría toda secuencia argumental. Debe anotarse que en toda pieza literaria el lector o el espectador (si se trata de representaciones teatrales, fílmicas o televisivas), puede identificarse más o menos plenamente con los personajes pero reconociendo en el momento o, posteriormente, diferencias entre el actor que aparece incluido en la obra y el observador que está “afuera” de la producción y no es otro que él mismo. En este libro ocurre lo contrario: el personaje es el observador, agente y paciente de acciones y emociones.

Conferencia del Autor

Ateneo de Madrid, 3 de noviembre de 1989.

Vídeo de la Conferencia del autor dada en el Ateneo de Madrid, 3 de noviembre de 1989.


El 2 de mayo de 1916, Ortega presentaba aquí, en Madrid y en el Ateneo, a Bergson. En esa oportunidad explicaba que esta sociedad, el Ateneo, era una institución de cultivo y de culto de las ideas. Siguiendo ese punto de vista, es que nosotros vamos a hablar aquí, en el Ateneo, no de literatura como aparentemente propone la naturaleza del libro que presentamos, no de cuentos o narraciones (que constituyen el material de este trabajo), sino de las ideas de las que parten esos cuentos y esas narraciones. Desde luego, no estamos diciendo que cuando se trata un tema literario las ideas están ausentes sino que, generalmente, es el enfoque estético el que prima.

A veces se examina el aspecto formal de la obra y, desde luego, su contenido. El autor pasa revista a sus vivencias y nos acerca a su biografía, a su sensibilidad y a su percepción del mundo. ¿En qué sentido, entonces, hablaremos de ideas? Lo haremos en tanto esta producción es la aplicación práctica de una teoría de la conciencia en la que la imagen, en cuanto fenómeno de representación, tiene especial relevancia. Es cierto que tendremos que decir unas cuantas cosas previas, sobre todo para quienes no han tenido en sus manos el libro que hoy comentamos, pero esas cosas no afectarán, seguramente, la transmisión de esa estructura de ideas, de esa teoría que hemos mencionado. Así pues, veamos la noticia preliminar que puede darse de este trabajo.

Este libro fue escrito allá por 1980, corregido en 1988 y puesto a vuestra consideración hace muy pocos días... En este punto, quisiera leer al comentarista que nos dice lo siguiente:

“El libro está dividido en dos partes. La primera, llamada Narraciones, es un conjunto de doce cuentos y constituye el cuerpo más denso y complejo. La segunda, bajo el título de Juegos de imágenes, consta de nueve descripciones más sencillas (pero también más ágiles) que las de la primera parte.

A este material se lo puede considerar desde diferentes puntos de vista. El más superficial nos muestra una serie de relatos breves con final feliz. Éstos tienen el carácter liviano de los borradores que se realizan como práctica y sólo a modo de ‘divertimento’. Según esa apreciación, se trata de simples ejercicios literarios. Otro enfoque revela a esta obra como una serie de prácticas psicológicas apoyadas en formas literarias. Esto queda mejor aclarado –continúa diciendo el comentarista– en las notas ampliatorias y los comentarios que se insertan al final del libro.

Conocemos narraciones de todo tipo, escritas en primera persona. Esa ‘primera persona’, habitualmente, no es la del lector sino la del autor. En este libro se corrige tan antigua descortesía, haciendo que la ambientación de cada cuento sirva de enmarque para que el lector llene la escena con él mismo y sus propias ocurrencias. Colaborando con estos ejercicios literarios, aparece en los textos un asterisco que marca pausas y ayuda a introducir, mentalmente, las imágenes que convierten a un lector pasivo en actor y coautor de cada descripción. Esta originalidad permite, a su vez, que una persona lea en voz alta (marcando las interrupciones mencionadas) y que otras, escuchando, imaginen su propio ‘nudo’ literario. Tal cosa que en estos escritos es la tónica, en otros más convencionales destruiría toda secuencia argumental.

Debe anotarse que en toda pieza literaria, el lector o el espectador (si se trata de representaciones teatrales, fílmicas o televisivas), puede identificarse más o menos plenamente con los personajes, pero reconociendo en el momento, o posteriormente, diferencias entre el actor que aparece ‘incluido’ en la obra y el observador que está ‘afuera’ de la producción y no es otro que él mismo. En este libro ocurre lo contrario; el personaje es el observador, agente y paciente de acciones y emociones.

Resulten o no de nuestro agrado estas Experiencias guiadas, habremos de reconocer, cuando menos, que estamos en presencia de una novedosa iniciativa literaria y que eso, indudablemente, no sucede todos los días”. Y ahí concluye la nota explicativa.

Bien, como se ha comentado se trata de pequeños cuentos en los que un asteriscado permite detener la secuencia a fin de colocar, en ese momento, la imagen que al lector le parezca adecuada. De esa manera se continúa el desarrollo, pero ya dinamizando el nuevo elemento introducido. Veamos un caso, que bien puede ser el de la primera narración titulada “El niño”.

“Estoy en un parque de diversiones. Es de noche. Veo por todas partes juegos mecánicos plenos de luz y movimiento... pero no hay nadie. Sin embargo, descubro cerca mío a un pequeño de unos diez años. Está de espaldas. Me acerco y cuando gira para mirarme, advierto que soy yo mismo cuando era niño.” ¡Asterisco! Es decir, interrupción para ponerme a mí mismo, en cuanto imagen, tal cual sugiere el escrito. La historia continúa... “Le pregunto qué hace allí y me dice algo con referencia a una injusticia que le han hecho. Se pone a llorar y lo consuelo prometiendo llevarlo a los juegos. Él insiste en la injusticia. Entonces, para entenderlo, comienzo a recordar cuál fue la injusticia que padecí a esa edad.” ¡Asterisco!

Con lo dicho anteriormente, queda explicada la mecánica de lectura de las Experiencias guiadas. Por otra parte, existe un esquema de construcción al que se ajustan todas ellas. Primeramente hay una entrada en tema y una ambientación general; luego un aumento de la tensión “dramática”, por así decirlo; en tercer lugar, una representación vital problemática; cuarto, un desenlace como solución al problema; quinto, una disminución de la tensión general y sexto, una salida no abrupta de la experiencia, generalmente desandando algunas etapas ya vistas anteriormente en el relato.

Hemos de agregar algunas otras consideraciones respecto al armado del enmarque de situación, del contexto en el que se da la experiencia. Si es que necesitamos colocar al lector en un punto en el que toma contacto con él mismo, debemos distorsionar la estructura del tiempo y del espacio siguiendo la enseñanza que, sobre esto, nos dan los propios sueños. Debemos liberar la dinámica de imagen y quitar las racionalizaciones que impidan un fluido desarrollo. Si podemos, además, desestabilizar el registro corporal, la posición del cuerpo en el espacio, estaremos en condiciones de hacer aparecer preguntas referentes a cualquier momento de la vida del lector o, inclusive, a momentos futuros como posibilidad de acción a realizar. Vamos entonces a un ejemplo que ilustre sobre lo que estamos comentando. Para ello escogemos la experiencia titulada “La acción salvadora”.

“Nos desplazamos velozmente por una gran carretera. A mi lado conduce una persona que jamás he visto. En los asientos traseros, dos mujeres y un hombre también desconocidos. El coche corre rodeado por otros vehículos que se mueven imprudentemente, como si sus conductores estuviesen ebrios o enloquecidos. No estoy seguro si está amaneciendo o cae la noche.

Pregunto a mi compañero acerca de lo que está sucediendo. Me mira furtivamente y responde en una lengua extraña: ‘¡Rex voluntas!’ Conecto la radio que me devuelve fuertes descargas y ruido de interferencia eléctrica. Sin embargo, alcanzo a escuchar una voz débil y metálica que monótonamente dice: ‘... rex voluntas... rex voluntas... rex voluntas...’

El desplazamiento de los vehículos se va haciendo lento mientras veo al costado de la ruta numerosos autos volcados y un incendio que se propaga entre ellos. Al detenernos, abandonamos el coche y corremos hacia los campos entre un mar de gente que se abalanza despavorida. Miro hacia atrás y veo entre el humo y las llamas a muchos desgraciados que han quedado atrapados mortalmente, pero soy obligado a correr por la estampida humana que me lleva a empellones. En ese delirio intento, inútilmente, llegar a una mujer que protege a su niño mientras la turba le pasa por encima, cayendo muchos al suelo.

En tanto se generaliza el desorden y la violencia, decido desplazarme en una leve diagonal que permita separarme del conjunto. Apunto hacia un lugar más alto. Muchos desvalidos se toman de mis ropas haciéndola jirones, pero compruebo que la densidad de gente va disminuyendo. Un hombre se desprende del conjunto y se acerca corriendo. Está con las ropas destrozadas y cubierto de heridas. Al llegar, me aferra un brazo y gritando como un loco señala hacia abajo. No entiendo su lengua pero creo que requiere mi ayuda para salvar a alguien. Le digo que espere un poco porque en este momento es imposible... Sé que no me entiende. Su desesperación me hace pedazos. El hombre, entonces, trata de volver y en ese momento lo hago caer de bruces. Queda en el suelo gimiendo amargamente. Por mi parte comprendo que he salvado su vida y su conciencia, porque él trató de rescatar a alguien pero se lo impidieron.

Subo un poco más, llegando a un campo de cultivo. La tierra está floja, surcada por recientes pasadas de tractor. Escucho a la distancia disparos de armas y creo comprender lo que está sucediendo. Me alejo presuroso del lugar. Pasado un tiempo me detengo. Todo está en silencio. Miro en dirección a la ciudad y veo un siniestro resplandor.

Empiezo a sentir que el suelo ondula bajo mis pies, y un bramido que llega de las profundidades me advierte sobre el inminente terremoto. Al poco tiempo he perdido el equilibrio. Quedo en el suelo, lateralmente encogido pero mirando al cielo, presa de un fuerte mareo. El temblor ha cesado. Allí en el cielo está una luna enorme, como cubierta de sangre. Hace un calor insoportable y respiro el aire de una atmósfera cáustica. Entre tanto, sigo sin saber si amanece o cae la noche...

Ya sentado, escucho un retumbar creciente. Al poco tiempo, cubriendo el cielo, pasan cientos de aeronaves como mortales insectos que se pierden hacia un ignorado destino.

Descubro cerca a un gran perro que mirando hacia la luna comienza a aullar casi como un lobo. Lo llamo. El animal se acerca tímidamente. Llega a mi lado. Acaricio largamente su pelambre erizada. Noto un intermitente temblor en su cuerpo. El perro se ha separado de mí y comienza a alejarse. Me pongo en pie y lo sigo. Así recorremos un espacio ya pedregoso hasta llegar a un riachuelo. El animal sediento se abalanza y comienza a beber agua con avidez, pero al momento retrocede y cae. Me acerco, lo toco y compruebo que está muerto. Siento un nuevo sismo que amenaza con derribarme, pero pasa.

Girando sobre mis talones diviso en el cielo, a lo lejos, cuatro formaciones de nubes que avanzan con sordo retumbar de truenos. La primera es blanca, la segunda roja, la tercera negra y la cuarta amarilla. Y esas nubes se asemejan a cuatro jinetes armados sobre cabalgaduras de tormenta, recorriendo los cielos y asolando toda vida en la Tierra. Corro tratando de escapar de las nubes. Comprendo que si me toca la lluvia quedaré contaminado. Sigo avanzando a la carrera, pero, de pronto, se alza enfrente una figura colosal. Es un gigante que me cierra el paso agitando amenazante una espada de fuego. Le grito que debo avanzar porque se acercan las nubes radiactivas. Él responde que es un robot puesto allí para impedir el paso de gente destructiva. Agrega que está armado con rayos y así me advierte que no me acerque. Veo que el coloso separa netamente dos espacios; aquel del que provengo, pedregoso y mortecino, de ese otro lleno de vegetación y vida. Entonces grito: ‘¡Tienes que dejarme pasar porque he realizado una buena acción!’.

¿Qué es una buena acción? –pregunta el robot.

Es una acción que construye, que colabora con la vida –respondo.

Pues bien –agrega–, ¿qué has hecho de interés?

He salvado a un ser humano de una muerte segura y, además, he salvado su conciencia.

Inmediatamente, el gigante se aparta y salto al terreno protegido en el momento en que caen las primeras gotas de lluvia...”

Hasta aquí el relato. En una nota se hace el siguiente comentario: “El enrarecimiento general del argumento se ha logrado destacando la indefinición del tiempo (‘no estoy seguro si está amaneciendo o cae la noche’); confrontando espacios (‘veo que el coloso separa netamente dos espacios; aquel del que provengo, pedregoso y mortecino, de ese otro lleno de vegetación y vida’); cortando la posibilidad de conexión con otras personas, o induciendo a una babélica confusión de lenguas (‘Pregunto a mi compañero acerca de lo que está sucediendo. Me mira furtivamente y responde en una lengua extraña: Rex voluntas’). Por último, dejando al protagonista a merced de fuerzas incontrolables (calor, terremotos, extraños fenómenos astronómicos, aguas y atmósfera contaminadas, clima de guerra, gigante armado, etc.)”. El cuerpo del sujeto es desestabilizado una y otra vez: empellones, andar sobre tierra floja recientemente arada, caída por acción del sismo.

En muchas experiencias se repite el esquema del enmarque comentado, pero con imágenes diferentes y enfatizando en el nudo particular que se quiere tratar. Por ejemplo, en la experiencia llamada “El gran error” todo gira alrededor de una suerte de malentendido encarándolo desde la confusión de las perspectivas. A su vez, como se trata de un hecho que hay que cambiar en el pasado, un hecho en nuestra vida que quisiéramos se hubiera presentado de otro modo, debemos producir alteraciones temporoespaciales que modifiquen la percepción de los fenómenos y terminen por modificar la perspectiva desde la que vemos nuestro pasado. Así, es posible no ya modificar los hechos que ocurrieron, pero sí el punto de vista sobre los mismos y, en ese caso, la integración de tales contenidos cambia considerablemente. Vamos a una parte de este cuento.

“Estoy de pie frente a una especie de tribunal. La sala, repleta de gente, permanece en silencio. Por todas partes veo rostros severos. Cortando la tremenda tensión acumulada en la concurrencia, el Secretario (ajustando sus gafas), toma un papel y anuncia solemnemente: ‘Este Tribunal condena al acusado a la pena de muerte’. Inmediatamente se produce un griterío. Hay quienes aplauden, otros abuchean. Alcanzo a ver a una mujer que cae desmayada. Luego, un funcionario logra imponer silencio. El Secretario me clava su turbia mirada al tiempo que pregunta: ‘¿Tiene algo que decir?’ Le respondo que sí. Entonces, todo el mundo vuelve a sus asientos. Inmediatamente pido un vaso con agua y luego de alguna agitación en la sala, alguien me lo acerca. Lo llevo a la boca y tomo un buche. Completo la acción con un sonora y prolongada gárgara. Después digo: ‘¡ya está!’. Alguien del Tribunal me increpa ásperamente: ¿cómo que ya está?. Le respondo que sí, que ya está. En todo caso, para conformarlo, le digo que el agua del lugar es muy buena, que quién lo hubiera dicho y dos o tres gentilezas por el estilo...

El Secretario termina de leer el papel con estas palabras: ‘...por consiguiente, se cumplirá la sentencia hoy mismo, dejándolo en el desierto sin alimentos y sin agua. Sobre todo, sin agua. ¡He dicho!’. Le replico con fuerza: ‘¡Cómo que he dicho!’. El Secretario arqueando las cejas afirma: ‘¡Lo que he dicho, he dicho!’.

Al poco tiempo me encuentro en medio del desierto viajando en un vehículo y escoltado por dos bomberos. Paramos y uno de ellos dice: ‘¡Baje!’. Entonces bajo. El vehículo gira y regresa por donde vino. Lo veo hacerse cada vez más pequeño a medida que se aleja entre las dunas.” En el cuento sobrevienen luego algunos incidentes y, finalmente, ocurre esto:

“Pasó la tormenta, el sol se ha puesto. En el crepúsculo veo ante mí una semiesfera blanquecina, grande como un edificio de varios pisos. Pienso que se trata de un espejismo. No obstante, me incorporo dirigiéndome hacia ella. A muy poca distancia advierto que la estructura es de un material terso, como plástico espejado, tal vez henchido con aire comprimido.

Me recibe un sujeto vestido a la usanza beduina. Entramos por un tubo alfombrado. Se corre una plancha al tiempo que me asalta el aire refrescante. Estamos en el interior de la estructura. Observo que todo está invertido. Se diría que el techo es un piso plano del que penden diversos objetos: mesas redondas elevadas con las patas hacia arriba; aguas que, cayendo en chorros, se curvan y vuelven a subir y formas humanas sentadas en lo alto. Al advertir mi extrañeza, el beduino me pasa unas gafas mientras dice: ‘¡póngaselas!’ Obedezco y se restablece la normalidad. Al frente veo una gran fuente que expele verticales chorros de agua. Hay mesas y diversos objetos exquisitamente combinados en color y forma.

Se me acerca gateando el Secretario. Dice que está terriblemente mareado. Entonces, le explico que está viendo la realidad al revés y que debe quitarse las gafas. Se las quita y se incorpora suspirando al tiempo que dice: ‘Ahora todo está bien, pero sucede que soy corto de vista’. Luego agrega que me andaba buscando para explicar que yo no soy la persona a la que se debía juzgar; que ha sido una lamentable confusión. Inmediatamente, sale por una puerta lateral.

Caminando unos pasos me encuentro con un grupo de personas sentadas en círculo sobre unos almohadones. Son ancianos de ambos sexos con características raciales y atuendos diferentes. Todos ellos de hermosos rostros. Cada vez que uno abre su boca, brotan de ella sonidos como de engranajes lejanos, de máquinas gigantes, de relojes inmensos. Pero también escucho la intermitencia de los truenos, el crujido de las rocas, el desprendimiento de los témpanos, el rítmico rugido de volcanes, el breve impacto de la lluvia gentil, el sordo agitar de corazones; el motor, el músculo, la vida... todo ello armonizado y perfecto, como en una orquesta magistral.

El beduino me da unos audífonos, diciendo: ‘Colóqueselos, son traductores’. Me los ajusto y escucho claramente una voz humana. Comprendo que es la misma sinfonía de uno de los ancianos traducida para mi torpe oído. Ahora, al abrir él la boca escucho: ‘... somos las horas, somos los minutos, somos los segundos, somos las distintas formas del tiempo. Como hubo un error contigo te daremos la oportunidad de recomenzar tu vida. ¿Dónde quieres empezar de nuevo? Tal vez en tu nacimiento... tal vez un instante antes del primer fracaso. Reflexiona.” ¡Asterisco!, etcétera, etcétera.

Debemos agregar ahora algunas consideraciones con respecto al tipo de imágenes usadas, porque da la impresión que las descripciones cuentan con un fuerte componente visual y sucede que una buena parte de la población trabaja habitualmente con un tipo de representación auditiva, o kinestésica o cenestésica, o en todo caso mixta. Sobre este particular, quisiera leer algunos párrafos extraídos de una de mis producciones más recientes, del libro Psicología de la imagen. Allí se dice esto:

“Los psicólogos de todas las épocas han articulado largos listados en torno a las sensaciones y percepciones y, actualmente, al descubrirse nuevos receptores nerviosos, se ha comenzado a hablar de termoceptores, baroceptores, detectores de acidez y alcalinidad interna, etc. A las sensaciones correspondientes a los sentidos externos, agregaremos aquellas que corresponden a sentidos difusos como las kinestésicas (de movimiento y posicionamiento corporal) y las cenestésicas (registro general del intracuerpo y de temperatura, dolor, etc., que aun explicadas en términos de sentido táctil interno no pueden reducirse a él).”

Para nuestras explicaciones es suficiente con lo anotado más arriba sin pretender por esto agotar los posibles registros que corresponden a los sentidos internos y a las múltiples combinaciones perceptuales entre unos y otros. Importa, entonces, establecer un paralelismo entre representaciones y percepciones clasificadas genéricamente como ‘internas’ y ‘externas’. Es desafortunado que se haya limitado tan frecuentemente la representación a las imágenes visuales y que la espacialidad esté referida casi siempre a lo visual cuando las percepciones y representaciones auditivas denotan también a las fuentes de estímulo localizadas en algún ‘lugar’, así como ocurre con las táctiles, olfatorias, gustativas y, desde luego, con las referidas a la posición del cuerpo y los fenómenos del intracuerpo. Ya desde 1943 se había observado en laboratorio que distintos individuos propendían a otro tipo de imágenes no visuales. Esto llevó a G. Walter en 1967 a formular una clasificación en tipos imaginativos de distinta predominancia. Independientemente de lo acertado de esa presentación, comenzó a abrirse paso entre los psicólogos la idea de que el reconocimiento del propio cuerpo en el espacio o el recuerdo de un objeto, muchas veces no tomaba por base a la imagen visual. Es más, se empezó a considerar con más seriedad el caso de sujetos perfectamente normales, que describían su ‘ceguera’ en cuanto a la representación visual. Ya no se trataba, a partir de estas comprobaciones, de considerar a las imágenes visuales como núcleo del sistema de representación, arrojando a otras formas imaginativas al basurero de la “desintegración eidética” o al campo de la literatura en la que idiotas y retardados dicen cosas como uno de los personajes de El Sonido y la Furia, de Faulkner: ‘Yo no podía ver, pero mis manos la veían, y podía oír que iba anocheciendo, y mis manos veían la pantufla, pero yo no la podía ver, pero mis manos podían ver la pantufla, y allí estaba arrodillado, oyendo cómo anochecía.”

Siguiendo pues con nuestro estudio sobre las Experiencias guiadas, convengamos en que aun expuestas con predominancia visual cualquier persona puede adaptar a ellas su sistema de representación. Por otra parte, no faltan aquellas en las que claramente se trabaja sobre otro tipo de imagen. Éste es el caso de “El animal”, experiencia de la que paso a leer algún párrafo.

“Me encuentro en un lugar totalmente obscuro. Tanteando con el pie, siento el terreno casi vegetal. Sé que en alguna parte hay un abismo. Percibo muy cerca a ese animal que siempre me provocó la inconfundible sensación de asco y terror. Tal vez un animal, tal vez muchos... pero es seguro que algo se aproxima irremisiblemente. Un zumbido en mis oídos, a veces confundido con un viento lejano, contrasta el silencio definitivo. Mis ojos muy abiertos no ven, mi corazón se agita y si la respiración es fina como un hilo, la garganta oprime el paso de un sabor amargo... Algo se acerca, ¿pero qué hay atrás mío que me eriza y que enfría mis espaldas como un hielo? Mis piernas flaquean y si algo me atrapa o me roza con su aliento, o salta sobre mí desde atrás, no tendré defensa alguna. Estoy inmóvil... sólo espero.”

Veamos otro caso, pero ahora de diferentes tipos de imágenes y de traducción de un sistema de representación a otro. En esto puede ayudarnos una parte de la experiencia llamada “El festival”.

“Acostado en una cama, creo estar en la habitación de un hospital. Escucho apenas el goteo de un grifo de agua mal cerrado.. Intento mover los miembros y la cabeza pero no me responden. Con esfuerzo, mantengo los párpados abiertos. El techo es blanco y liso. Cada gota de agua que oigo caer, destella en su superficie como un trazo de luz. Una gota, una raya. Luego otra. Después muchas líneas. Más adelante, ondulaciones. El techo se va modificando siguiendo el ritmo de mi corazón. Puede ser un efecto de las arterias de mis ojos, al pasar los golpes de sangre. El ritmo va dibujando el rostro de una persona joven.” Y más adelante, en esta misma experiencia, se traspasa la percepción visual y se la incluye en un sistema de representación más complejo traducido a otras percepciones y, por ende, a otras representaciones.

“Fijo la atención en una flor conectada a su rama por un delgado tallo de piel transparente en cuyo interior se va profundizando el verde reluciente. Estiro la mano pasando con suavidad un dedo por el tallo terso y fresco, apenas interrumpido por pequeñísimos abultamientos. Así, subiendo por entre hojas de esmeralda, llego a los pétalos que se abren en explosión multicolor. Pétalos como cristales de catedral solemne, pétalos como rubíes y como fuego de leños amanecidos en hoguera... Y en esa danza de matices, siento que la flor vive como si fuera parte mía. Y la flor, agitada por mi contacto, suelta una gota de rocío amodorrado, apenas prendida en una hoja final. La gota vibra en óvalo, luego se alarga y ya en el vacío se aplana para redondearse nuevamente, cayendo en un tiempo sin fin. Cayendo, cayendo, en el espacio sin límite... Por último, dando en el sombrero de un hongo rueda por él como pesado mercurio para deslizarse hasta sus bordes. Allí, en un espasmo de libertad se abalanza sobre un pequeño charco en el que levanta el tormentoso oleaje que baña a una isla de piedra-mármol. Adelante se desarrolla el festival y yo sé que la música me comunica con esa muchacha que mira sus vestidos y con el hombre joven que, acariciando un gato azul se respalda en el árbol. Sé que antes he vivido esto mismo y que he captado la rugosa silueta del árbol y las diferencias de volumen de los cuerpos. En las mariposas de terciopelo que vuelan a mi alrededor, reconozco la calidez de los labios, la fragilidad de los sueños felices.” Etcétera.

Pero en las experiencias, las imágenes no solamente están emplazadas adelante del sujeto o a su alrededor sino en su interior. Es conveniente aquí reconocer que en determinados sueños el durmiente se ve a sí mismo en escena entre otros objetos, es decir que su mirada es “externa”. Pero también ocurre que, a veces, el soñante ve la escena desde sí mismo, casi como en vigilia. Su mirada se hace interna. En la representación cotidiana, ahora mismo, vemos las cosas externas como “externas”, es decir que nuestra mirada está “atrás” de un límite cenestésico-táctil dado por el registro de los propios ojos y de la cara y cabeza. De este modo puedo cerrar los ojos y representar lo que antes vi. Sin embargo, lo experimento como “afuera” aunque lo esté mirando no afuera como en la percepción, sino en realidad “adentro” de mi espacio de representación. De todas maneras, mi mirada está separada del objeto: lo veo afuera de mí aunque lo represente, por así decir, “adentro de mi cabeza”.

Cuando en la experiencia de “El niño”, me veo a mí mismo cuando era pequeño, veo en realidad al niño desde el registro mío actual en el cual me reconozco. Es decir, veo al niño afuera mío, desde mi mirada interna actual. Ahora bien, el niño (que soy yo antes), me habla ahora de una injusticia que le hicieron y, para saber de qué se trata hago un esfuerzo para recordar (yo actual, no el niño que veo) aquello que me pasó cuando era niño (ese-que-soy-yo-antes). Cuando hago esto, mi mirada va “adentro” mío, a mi propio recuerdo y el niño que veo está afuera de la dirección de mi recuerdo. De manera que al encontrarme a mí mismo en una escena infantil, ¿de qué manera me reconozco verdaderamente como yo-mismo? Sin duda que con una mirada externa a mí, pero interna con referencia a la externidad, en este caso, del niño del parque de diversiones. Esto plantea interesantes cuestiones, pero para allanar el tema digamos que, en general, puedo hablar de representaciones puestas como “afuera” y de otras puestas como “adentro”, recordando que a esto del “afuera” y el “adentro”, simplemente lo estamos considerando desde la diferencia que pone el límite cenestésico-táctil de ojos, cara y cabeza. Comprendido esto, veamos algunos ejemplos de diferencias en los emplazamientos de las miradas y las escenas. En la experiencia llamada “El deshollinador”, se dice:

“Pasado un tiempo, el deshollinador se levanta y toma un objeto alargado, ligeramente curvo. Se pone enfrente mío y dice: ‘¡Abra la boca!’ Le obedezco. Luego, siento que me introduce esa especie de larga pinza que me llega hasta el estómago. Sin embargo, advierto que puedo tolerarla... De pronto grita: ‘¡Lo atrapé!’, y comienza a retirar el objeto poco a poco. Al principio creo que me desgarra algo, pero luego siento que se produce en mí una sensación placentera como si desde las entrañas y los pulmones se fuera desprendiendo algo que estuvo malignamente adherido durante mucho tiempo.” Aquí está claro que estamos trabajando con registros cenestésicos, imágenes del intracuerpo, pero cuando lo imaginado “afuera” (al igual que lo percibido “afuera” en la vida cotidiana) produce acciones en el intracuerpo, el tipo de modificación de escena y mirada sigue la mecánica que vimos en el relato del niño, solamente que lo imaginado como “afuera” no es como el niño visualmente considerado sino que en el “afuera” pongo una suerte de registro cenestésico, no en cuanto que siento algo en mi interior y ahora ese sentir está afuera de mi cuerpo, sino en tanto lo sentido en mi interior es externo a mi mirada (o a un nuevo registro cenestésico que se internaliza más aún). Sin este mecanismo de cambio en la posición y perspectiva de la mirada y la escena no serían viables numerosos fenómenos de la vida diaria. ¿Cómo sería posible que un objeto externo me produjera repugnancia por el solo hecho de mirarlo? ¿Cómo podría “sentir” ese horror por el corte sufrido en la piel del otro? ¿Cómo podría solidarizarme con el dolor humano y con el sufrimiento y el placer de los demás? Examinemos unos párrafos de la experiencia conocida como “La pareja ideal”.

“Caminando por un espacio abierto, destinado a exposiciones industriales, veo galpones y maquinaria. Hay muchos niños a los que se han destinado juegos mecánicos de alta tecnología. Me acerco hasta un gigante hecho de material sólido. Está de pie. Tiene una gran cabeza pintada en colores vivos. Una escalera llega hasta su boca. Por ella trepan los pequeños hasta la enorme cavidad y, cuando uno entra, ésta se cierra suavemente. Al poco tiempo, el niño sale expulsado por la parte trasera del gigante deslizándose por un tobogán que termina en la arena. Uno a uno van entrando y saliendo, acompañados por la música que brota del gigante: ‘Gargantúa se traga a los niños con mucho cuidado sin hacerles mal, ajajá, ajajá, con mucho cuidado sin hacerles mal’. Me decido a subir por la escalerilla y entrando en la enorme boca, encuentro a un recepcionista que me dice: ‘los niños siguen por el tobogán, los grandes por el ascensor’. El hombre continúa dando explicaciones mientras descendemos por un tubo transparente. En un momento le digo que ya debemos estar a nivel del suelo. El comenta que recién andamos por el esófago, ya que el resto del cuerpo está bajo tierra, a diferencia del gigante infantil que está integro en la superficie. Sí, hay dos Gargantúas en uno –me informa–, el de los niños y el de los grandes... Ya hemos pasado el diafragma, de manera que pronto hemos de llegar a un lugar muy simpático. Vea, ahora que se abre la puerta de nuestro ascensor se nos presenta el estómago... ¿quiere bajar aquí? Como usted ve, es un moderno restaurante en el que se sirven dietas de todas partes del mundo.”

El planteamiento de las imágenes “externas” actuando sobre la representación interna tiene en la experiencia de “El minero” una mejor expresión. Así: “Grito con todas mis fuerzas y el suelo cede arrastrándome en su derrumbe... Un fuerte tirón en la cintura coincide con el súbito detenimiento de la caída. Quedo suspendido de la cuerda como un absurdo péndulo cubierto de fango. Mi carrera, pues, se ha detenido muy cerca de un piso alfombrado. Veo ahora, en el ambiente iluminado, una elegante sala en la que distingo una suerte de laboratorio y enormes bibliotecas. Pero la urgencia de la situación hace que me ocupe en cómo salir de ella. Así es que con la mano izquierda ajusto la soga tensa y con la otra suelto la hebilla que la sujeta a mi cintura. Luego, caigo suavemente sobre la alfombra. ‘¡Qué modales amigo!... ¡qué modales!’, dice una voz aflautada. Giro sobre mis pies y quedo paralizado. Tengo al frente un hombrecillo de, tal vez, sesenta centímetros de altura. Descartando sus orejas ligeramente puntiagudas, se diría que es muy proporcionado. Está vestido con alegres colores, pero con un inconfundible estilo de minero. Me siento entre ridículo y desolado cuando me ofrece un cóctel. De todas maneras, me reconforto bebiéndolo sin pestañear. El hombrecillo junta sus manos y las lleva adelante de la boca a modo de bocina. Luego, emite un sonido burlón. Le pregunto qué significa esa mofa y responde que gracias a ella mi digestión habrá de funcionar mejor en el futuro. El personaje sigue explicando que la cuerda que apretó mi cintura y abdomen en la caída han hecho muy buena labor. Para terminar su extraño comentario pregunta si tiene algún significado para mí la frase: ‘Usted está en las entrañas de la tierra’. Respondo que es una manera figurada de decir las cosas, pero él replica que, en este caso, se trata de una gran verdad. Entonces agrega: ‘Usted está en sus propias entrañas. Cuando algo anda mal en las vísceras las personas piensan cosas extraviadas. A su vez, los pensamientos negativos perjudican las vísceras. Así es que en adelante cuidará usted este asunto. Si no lo hace, me pondré a caminar y usted sentirá fuertes cosquilleos y todo tipo de molestias internas... Tengo algunos colegas que se ocupan de otras partes como los pulmones, el corazón, etcétera’. Dicho eso, el hombrecillo comienza a caminar por las paredes y el techo, al tiempo que registro tensiones en la zona abdominal, el hígado y los riñones. Luego me arroja un chorro de agua con una manguera de oro, limpiándome cuidadosamente el barro. Quedo seco al instante. Me tiendo en un amplio sofá y comienzo a relajarme. El hombrecito pasa rítmicamente una escobilla por mi abdomen y cintura, logrando yo una notable relajación en esas zonas. Comprendo que al aliviarse los malestares del estómago, hígado o riñones, cambian mis ideas y sentimientos. Percibo una vibración. Siento que me voy elevando. Estoy en el montacargas subiendo hacia la superficie de la tierra, hacia el mundo exterior”.

En esta experiencia, el hombrecillo nos ha resultado un verdadero experto de la teoría de la imagen cenestésica. Desde luego, no nos ha dicho cómo es que pueda conectarse una imagen con el intracuerpo y actuar en él.

Anteriormente vimos, con alguna dificultad, que la percepción de objetos externos servía de base a la elaboración de la imagen y que ésta nos permitía presentar nuevamente lo presentado previamente a los sentidos. Vimos que en la representación se producían variaciones de emplazamiento, de perspectiva de la “mirada” del observador respecto a una escena dada y nos preguntábamos por la conexión entre lo percibido frente a un objeto desagradable y nuestras reacciones internas. Ahora estamos discurriendo acerca de sensaciones del intracuerpo que sirven de base a representaciones también “internas”. Así es que estamos llenos de preguntas sin respuestas exhaustivas y temo que así de trunco ha de quedar nuestro desarrollo. De todas formas, quisiera agregar algunas consideraciones.

En tanto se siga considerando a la imagen como una simple copia de la percepción, en tanto se siga creyendo que la conciencia en general mantiene una actitud pasiva frente al mundo respondiendo a él como reflejo, no podremos responder ni a las anteriores preguntas ni a otras, en verdad, fundamentales.

Para nosotros la imagen es una forma activa de ponerse la conciencia (como estructura) en-el-mundo. Ella puede actuar sobre el propio cuerpo y el cuerpo en-el-mundo dada la intencionalidad que se dirige fuera de sí y no responde simplemente a un para sí o a un en sí natural, reflejo y mecánico. La imagen actúa en una estructura espaciotemporal y en una “espacialidad” interna a la que llamamos, justamente, “espacio de representación”. Las diferentes y complejas funciones con las que cumple la imagen dependen, en general, de la posición que asume en dicha espacialidad. La justificación plena de esto que afirmamos exige la comprensión de nuestra teoría de la conciencia y, por ello, remitimos a nuestro trabajo sobre Psicología de la imagen. Pero si a través de estos “divertimentos literarios”, como dice nuestro comentarista, si a través de estas narraciones o cuentos, hemos podido hacer ver el aspecto aplicado de una concepción muy vasta, no hemos faltado a lo prometido al comienzo de nuestra explicación cuando dijimos que íbamos a ocuparnos de este escrito, de estas Experiencias guiadas, no desde el punto de vista literario sino desde las ideas que dan lugar a esta expresión literaria.

Nada más, muchas gracias.


Ediciones

© Silo 2002. Historial de publicaciones de esta obra en Castellano: Publicada en España por Ed. Plaza y Janes, 1989; en México por Ed. Plaza y Valdés, 1991; en Argentina por Ed. Planeta, 1991; en Estados Unidos de América por Ed. Latitude Press (Obras Completas, vol I), 1993; en Argentina por Ed. Magenta (Obras Completas, vol. I), 1998; en España por Ediciones Humanista (Obras Completas, vol I), 1999; en México por Ed. Plaza y Valdés (Obras Completas, vol I), 2002.

Portada de la edición de Planeta Editorial Leviatán, 2012. Portada de Rafa Edwards. Ediciones León Alado, 2013. Ilustración de Carme Bagó.

Traducciones

Ha sido traducido en alemán, catalán, checo, francés, hebreo, holandés, Hungaro, inglés, islandés, italiano, portugués, ruso.

Versión francesa. Versión inglesa. Versión en catalán a cargo de Ediciones León Alado, 2013. Ilustración de Carme Bagó.

Texto completo

El esquema constructivo de las Experiencias guiadas, es el siguiente:

1.- Entrada y ambientación;
2.- aumento de la tensión;
3.- representación de núcleos psicológicos problemáticos;
4.- desenlace (u opciones de solución a los núcleos-problema);
5.- disminución de la tensión y
6.- salida no abrupta, generalmente desandando etapas anteriores.

Esto último permite obtener una suerte de síntesis de toda la Experiencia. Los asteriscos (*) marcan intervalos oportunos para elaborar las propias imágenes.


Primera parte: narraciones

I. EL NIÑO

Voy caminando por el campo. Es de mañana, muy temprano. A medida que avanzo me siento seguro y alegre.

Alcanzo a divisar una construcción de aspecto antiguo. Parece hecha de piedra. También el techo, a dos aguas, es como de piedra. Grandes columnas de mármol resaltan en el frente. Llego al edificio y veo una puerta de metal, al parecer muy pesada. Desde un costado, sorpresivamente, salen dos animales feroces que se me abalanzan. Afortunadamente, quedan retenidos por sendas cadenas tensas, a muy corta distancia de mí. No tengo cómo llegar a la puerta sin que los animales me ataquen. Entonces, les arrojo un bulto que contiene comida. Las bestias lo engullen y quedan dormidas.

Me acerco a la puerta. La examino. No veo cerrojo ni otro elemento a utilizar para abrirla. Sin embargo, empujo suavemente y la hoja se abre con un sonido metálico de siglos. Un ambiente muy largo y suavemente iluminado, queda al descubierto. No alcanzo a ver el fondo. A izquierda y derecha hay cuadros que llegan hasta el suelo. Son tan grandes como personas. Cada uno representa escenas diferentes. En el primero, a mi izquierda, figura un hombre sentado tras una mesa sobre la que hay barajas, dados y otros elementos de juego. Me quedo observando el extraño sombrero con que está cubierta la cabeza del jugador. Entonces, trato de acariciar la pintura en la parte del sombrero pero no siento resistencia al tacto, sino que el brazo entra en el cuadro. Introduzco una pierna y luego todo mi cuerpo en el interior del cuadro. El jugador levanta una mano y exclama: “¡Un momento, no puede pasar si no paga la entrada!” Busco entre mis ropas, extraigo una esferita de cristal y se la doy. El jugador hace un gesto afirmativo y paso por su lado.

Estoy en un parque de diversiones. Es de noche. Veo por todas partes juegos mecánicos plenos de luz y movimiento... pero no hay nadie. Sin embargo, descubro cerca mío a un chico de unos diez años. Está de espaldas. Me acerco y cuando gira para mirarme, advierto que soy yo mismo cuando era niño. (*)


Le pregunto qué hace allí y me dice algo referente a una injusticia que le han hecho. Se pone a llorar y lo consuelo prometiéndole llevarlo a los juegos. Él insiste en la injusticia. Entonces, para entenderlo, comienzo a recordar cuál fue la injusticia que padecí a esa edad. (*) Ahora recuerdo y por algún motivo comprendo que es parecida a la injusticia que sufro en la vida actual. Me quedo pensando, pero el niño continúa con su llanto. (*)


Entonces digo: “Bueno, voy a arreglar esa injusticia que al parecer me hacen. Para eso, comenzaré a ser amigable con las personas que me crean esa situación”. (*)


Veo que el niño ríe. Lo acaricio y le digo que volveremos a vernos. Me saluda y se va muy contento. Salgo del parque, pasando al lado del jugador que me mira de soslayo. En ese momento toco su sombrero y el personaje guiña un ojo burlonamente. Emerjo del cuadro y me encuentro en el ambiente largo, nuevamente. Entonces, caminando con paso lento, salgo por la puerta. Afuera, los animales duermen. Paso entre ellos sin sobresalto.

El día espléndido me acoge. Regreso por el campo abierto con la sensación de haber comprendido una situación extraña cuyas raíces se hunden en un tiempo lejano. (*)


Nota al pie [1]


II. EL ENEMIGO

Estoy en el centro de la ciudad, en el momento de mayor actividad comercial. Vehículos y gentes se desplazan apresuradamente. También yo me muevo con urgencia.

De pronto, todo queda paralizado. Únicamente yo tengo movimiento. Entonces, examino a las personas. Me quedo observando a una mujer y luego a un hombre. Doy vueltas alrededor de ellos. Los estudio desde muy cerca. Luego subo al techo de un auto y desde allí miro alrededor comprobando, además, que todo está en silencio. Reflexiono un instante y compruebo que las personas, vehículos y todo tipo de objetos, están a mi disposición. Inmediatamente me pongo a hacer todo lo que quiero, de tal manera y tan frenéticamente que pasado un tiempo quedo agotado. Estoy descansando mientras se me ocurren nuevas actividades. Es así que vuelvo a hacer lo que se me antoja sin prejuicio alguno. ¡Pero a quién veo allí! Nada menos que a ese ejemplar con el que tengo varias cuentas pendientes. En efecto, creo que es quien más me ha perjudicado en toda mi vida... Como las cosas no pueden quedar así, toco de pronto a mi enemigo y veo que recobra alguno de sus movimientos. Me mira con horror y entiende la situación pero está paralizado e indefenso. Por consiguiente, comienzo a decirle todo lo que quiero, prometiéndole mi revancha de inmediato. Sé que siente todo, pero no puede responder, así es que comienzo por recordarle aquellas situaciones en las que me afectó tan negativamente. (*)


Mientras estoy atareado con mi enemigo, aparecen caminando varias personas. Se detienen ante nosotros y empiezan a apremiar al sujeto. Este comienza a responder entre llantos que está arrepentido de lo que ha hecho. Pide perdón y se arrodilla mientras los recién llegados continúan interrogándolo. (*)


Pasado un tiempo, proclaman que una persona tan infame no puede seguir viviendo así es que lo condenan a muerte. Están por lincharlo, mientras la víctima pide clemencia. Entonces lo perdono. Todos acatan mi decisión. Luego el grupo se va muy conforme. Quedamos solos nuevamente. Aprovecho la situación para completar mi desquite, ante su desesperación creciente. De manera que termino por decir y hacer todo lo que me parece adecuado. (*)


El cielo se oscurece violentamente y empieza a llover con fuerza. Mientras busco refugio tras una vidriera, observo que la ciudad recobra su vida normal. Los peatones corren, los vehículos marchan con cuidado por entre cortinas de agua y ráfagas de viento huracanado. Fulgores eléctricos continuados y fuertes truenos enmarcan la escena mientras sigo mirando a través de los cristales. Me siento totalmente relajado, como vacío por dentro, mientras observo casi sin pensar.

En ese momento aparece mi enemigo buscando protección de la tormenta. Se acerca y me dice: “¡qué suerte estar juntos en esta situación!” Me observa tímidamente. Lo reconforto con una suave palmada, mientras se encoge de hombros. (*)


Comienzo a revisar en mi interior, los problemas del otro. Veo sus dificultades, los fracasos de su vida, sus enormes frustraciones, su debilidad. (*)


Siento la soledad de ese ser humano que se cobija a mi lado húmedo y tembloroso. Lo veo sucio, en un abandono patético. (*) Entonces, en un rapto de solidaridad, le digo que voy a ayudarlo. El no dice palabra alguna. Baja la cabeza y mira sus manos. Advierto que sus ojos se nublan. (*)


Ha cesado la lluvia. Salgo a la calle y aspiro profundamente el aire limpio. Inmediatamente me alejo del lugar.


Nota al pie [2]


III. EL GRAN ERROR

Estoy de pie frente a una especie de tribunal. La sala, repleta de gente, permanece en silencio. Por todas partes veo rostros severos. Cortando la tremenda tensión acumulada en la concurrencia, el Secretario (ajustando sus gafas), toma un papel y anuncia solemnemente: “Este Tribunal, condena al acusado a la pena de muerte”. Inmediatamente se produce un griterío. Hay quienes aplauden, otros abuchean. Alcanzo a ver a una mujer que cae desmayada. Luego, un funcionario logra imponer silencio.

El Secretario me clava su turbia mirada al tiempo que pregunta: “¿Tiene algo que decir?”. Le respondo que sí. Entonces, todo el mundo vuelve a sus asientos. Inmediatamente, pido un vaso con agua y luego de alguna agitación en la sala, alguien me lo acerca. Lo llevo a la boca y tomo un sorbo. Completo la acción con una sonora y prolongada gárgara. Después digo: “ya está!”. Alguien del tribunal me increpa ásperamente “–¡cómo que ya está!”. Le respondo que sí, que ya está. En todo caso, para conformarlo le digo que el agua del lugar es muy buena, que quién lo hubiera dicho, y dos o tres gentilezas por el estilo...

El Secretario, termina de leer el papel con estas palabras: “...por consiguiente, se cumplirá la sentencia hoy mismo dejándolo en el desierto sin alimentos y sin agua. Sobre todo, sin agua. ¡He dicho!” Le pregunto con fuerza: “¿Cómo que... he dicho?”. El Secretario, arqueando las cejas afirma: “¡Lo que he dicho, he dicho!”

Al poco tiempo me encuentro en medio del desierto viajando en un vehículo, escoltado por dos bomberos. Paramos en un punto y uno de ellos dice: “¡Baje!”. Entonces, bajo. El vehículo gira y regresa por donde vino. Lo veo hacerse cada vez más pequeño, a medida que se aleja entre las dunas.

El sol está declinando pero es intenso. Comienzo a sentir mucha sed. Me quito la camisa, colocándola sobre la cabeza. Investigo alrededor. Descubro cerca una hondonada al costado de unas dunas. Voy hacia ellas y termino sentándome en el delgado espacio de sombra que proyecta la ladera. El aire se agita vivamente levantando una nube de arena que oscurece al sol. Salgo de la hondonada temiendo ser sepultado si el fenómeno se acentúa. Las partículas arenosas pegan en mi torso descubierto, como ráfagas de metralla vidriosa. Al poco tiempo la fuerza del viento me ha derribado.

Pasó la tormenta, el sol se ha puesto. En el crepúsculo veo ante mi una semiesfera blanquecina, grande como un edificio de varios pisos. Pienso que se trata de un espejismo. No obstante, me incorporo dirigiéndome hacia ella. A muy poca distancia, advierto que la estructura es de un material terso, como plástico espejado, tal vez henchida por aire comprimido.

Me recibe un sujeto vestido a la usanza beduina. Entramos por un tubo alfombrado. Se corre una plancha y al mismo tiempo me asalta el aire refrescante. Estamos en el interior de la estructura. Observo que todo está invertido. Se diría que el techo es un piso plano del que penden diversos objetos: mesas redondas elevadas con las patas hacia arriba; aguas que cayendo en chorros se curvan y vuelven a subir y formas humanas sentadas en lo alto. Al advertir mi extrañeza, el beduino me pasa unas gafas, mientras dice: “¡póngaselas!”. Obedezco y se restablece la normalidad. Al frente veo una gran fuente que expele verticales chorros de agua. Hay mesas y diversos objetos exquisitamente combinados en color y forma.

Se me acerca gateando el Secretario. Dice que está terriblemente mareado. Entonces le explico que está viendo la realidad al revés y que debe quitarse las gafas. Se las quita y se incorpora suspirando, al tiempo que dice: “En efecto, ahora todo está bien, sólo que soy corto de vista”. Luego agrega que me andaba buscando para explicar que yo no soy la persona a la que debía juzgar; que ha sido una lamentable confusión. Inmediatamente, sale por una puerta lateral.

Caminando unos pasos, me encuentro con un grupo de personas sentadas sobre almohadones en círculo. Son ancianos de ambos sexos, con características raciales y atuendos diferentes. Todos ellos, de hermosos rostros. Cada vez que uno de ellos abre la boca, brotan sonidos como de engranajes lejanos, de máquinas gigantes, de relojes inmensos. Pero también escucho la intermitencia de los truenos, el crujido de las rocas, el desprendimiento de los témpanos, el rítmico rugido de volcanes, el breve impacto de la lluvia gentil, el sordo agitar de corazones; el motor, el músculo, la vida... pero todo ello armonizado y perfecto, como en una orquesta magistral.

El beduino me da unos audífonos, diciendo: “Colóqueselos. Son traductores”. Me los pongo y escucho claramente una voz humana. Comprendo que es la misma sinfonía de uno de los ancianos, traducida para mi torpe oído. Ahora, al abrir él la boca, escucho: “...somos las horas, somos los minutos, somos los segundos... somos las distintas formas del tiempo. Como hubo un error contigo, te daremos la oportunidad de recomenzar tu vida. ¿Dónde quieres empezarla de nuevo? Tal vez desde el nacimiento... tal vez un instante antes del primer fracaso. Reflexiona”. (*)


He tratado de encontrar el momento en el que perdí el control de mi vida. Se lo explico al anciano. (*)


Muy bien –dice él– y ¿cómo vas a hacer, si vuelves a ese momento, para tomar un rumbo diferente? Piensa que no recordarás lo que viene después. Queda otra alternativa, –agrega– puedes volver al momento del mayor error de tu vida y, sin cambiar los acontecimientos, cambiar sin embargo sus significados. De ese modo, puedes hacerte una vida nueva.

En el momento en que el anciano hace silencio, veo que todo a mi alrededor se invierte en luces y colores, como si se transformara en el negativo de una película... hasta que todo vuelve a la normalidad. Pero me encuentro en el momento del gran error de mi vida. (*) Allí estoy impulsado a cometer el error. ¿Y por qué estoy obligado a hacerlo? (*)


¿No hay otros factores que influyen y no los quiero ver? El error fundamental, ¿a qué cosas se debe? ¿Qué tendría que hacer, en cambio? ¿Si no cometo ese error, cambiará el esquema de mi vida y esta será mejor o peor? (*)


Trato de comprender que las circunstancias que obran no pueden ser modificadas y acepto todo como si fuera un accidente de la naturaleza: como un terremoto, o un río que desbordando su lecho, arruina el trabajo y la vivienda de los pobladores. (*)


Me esfuerzo por aceptar que en los accidentes no hay culpables. Ni mi debilidad; ni mis excesos; ni las intenciones de otros, pueden ser modificadas en este caso. (*)


Sé que si ahora no me reconcilio, mi vida a futuro seguirá arrastrando la frustración. Entonces, con todo mi ser, perdono y me perdono. Admito aquello que ocurrió como algo incontrolable por mi y por otros. (*)


La escena comienza a deformarse invirtiéndose los claroscuros como en un negativo de fotografía. Al mismo tiempo, escucho la voz que me dice: “Si puedes reconciliarte con tu mayor error, tu frustración morirá y habrás podido cambiar tu Destino...”

Estoy de pie en medio del desierto. Veo aproximarse un vehículo. Le grito: “¡Taxi!”. Al poco tiempo estoy sentado cómodamente en los asientos traseros. Miro al conductor que está vestido de bombero y le digo: “Lléveme a casa... no se apure, así tengo tiempo de cambiarme la ropa.” Pienso: “¿Quién no ha sufrido más de un accidente a lo largo de su vida?”


Nota al pie [3]


IV. LA NOSTALGIA

Las luces coloreadas destellan al ritmo de la música. Tengo al frente a quien fue mi gran amor. Bailamos lentamente y cada flash me muestra un detalle de su rostro o de su cuerpo. (*)


¿Qué falló entre nosotros? Tal vez el dinero. (*)


Tal vez aquellas otras relaciones. (*)


Tal vez aspiraciones diferentes. (*)


Tal vez el destino, o eso tan difícil de precisar entonces. (*)


Bailo lentamente, pero ahora con quién fue ese otro gran amor. Cada flash me muestra un detalle de su rostro o de su cuerpo. (*)


¿Qué falló entre nosotros? Tal vez el dinero. (*)


Tal vez aquellas otras relaciones. (*)


Tal vez aspiraciones diferentes. (*)


Tal vez el destino, o eso tan difícil de precisar entonces. (*)


Yo te perdono y me perdono, porque si el mundo baila alrededor y nosotros bailamos, qué podemos hacer por las férreas promesas que fueron mariposas de colores cambiantes.

Rescato lo bueno y lo bello del ayer contigo. (*)


Y también contigo. (*)


Y con todos aquellos en los que encandilé mis ojos. (*)


¡Ah, sí! La pena, la sospecha, el abandono, la infinita tristeza y las heridas del orgullo, son el pretexto. Qué pequeños resultan al lado de una frágil mirada. Porque los grandes males que recuerdo son errores de danza y no la danza misma.

De ti agradezco la sonrisa leve. Y de ti el murmullo. Y de todos aquellos, agradezco la esperanza de un amor eterno. Quedo en paz con el ayer presente. Mi corazón está abierto a los recuerdos de los bellos momentos. (*)


V. LA PAREJA IDEAL

Caminando por un espacio abierto, destinado a exposiciones industriales, veo galpones y maquinaria. Hay muchos niños a los que se ha destinado juegos mecánicos de alta tecnología.

Me acerco hasta un gigante hecho de material sólido. Está de pie. Tiene una gran cabeza pintada en colores vivos. Una escalera llega hasta su boca. Por ella trepan los pequeños hasta la enorme cavidad y cuando uno entra, esta se cierra suavemente. Al poco tiempo, el niño sale expulsado por la parte trasera del gigante deslizándose por un tobogán que termina en la arena. Uno a uno van entrando y saliendo, acompañados por la música que brota del gigante:

“¡Gargantúa se traga a los niños con mucho cuidado sin hacerles mal! ¡Ajajá, ajajá, con mucho cuidado, sin hacerles mal!”

Me decido a subir por la escalerilla y entrando en la enorme boca, encuentro a un recepcionista que me dice: “Los niños siguen por el tobogán, los grandes por el ascensor”.

El hombre continúa dando explicaciones, mientras descendemos por un tubo transparente. En un momento le digo que ya debemos estar a nivel del suelo. Él comenta que recién andamos por el esófago, ya que el resto del cuerpo está bajo tierra, a diferencia del gigante infantil que está íntegro en la superficie. “Sí, hay dos Gargantúas en uno –me informa– el de los niños y el de los grandes. Estamos a muchos metros bajo el suelo... Ya hemos pasado el diafragma, de manera que pronto llegaremos a un lugar muy simpático. Vea, ahora que se abre la puerta de nuestro ascensor, se nos presenta el estómago... ¿Quiere bajar aquí? Como usted ve, es un moderno restaurante en el que se sirven dietas de todas partes del mundo”.

Le digo al recepcionista que tengo curiosidad por el resto del cuerpo. Entonces, seguimos descendiendo. “Ya estamos en el bajo vientre –anuncia mi interlocutor, mientras abre la puerta–. Tiene una decoración muy original. Las paredes de colores cambiantes son cavernas forradas delicadamente. El fuego central en medio del salón, es el generador que da energía a todo el gigante. Los asientos están para reposo del visitante. Las columnas distribuidas en distintos puntos permiten jugar a los escondites... uno puede aparecer y desaparecer tras ellas. Tiene más gracia si son varios los visitantes que participan. Bien, lo dejo aquí si es su deseo. Basta que se acerque hasta la entrada del ascensor para que la puerta se abra y pueda regresar a la superficie. Todo es automático... una maravilla, ¿no le parece?”.

Se cierra la hoja y quedo solo en el recinto.

Creo estar dentro del mar. Un gran pez pasa a través mío y comprendo que los corales, las algas y las diversas especies vivas, son proyecciones tridimensionales que dan un increíble efecto de realidad. Me siento a observar sin apuros el distensador espectáculo. De pronto, veo que desde el fuego central sale una figura humana con el rostro cubierto. Se me acerca lentamente. Deteniéndose a corta distancia, dice: “Buenos días, soy una holografía. Hombres y mujeres tratan de encontrar en mí a su pareja ideal. Estoy programada para tomar el aspecto que usted busca, pero ¿cuál es ese aspecto? Yo no puedo hacer nada sin un pequeño esfuerzo de su parte. Pero si lo intenta, sus ondas encefálicas serán decodificadas, amplificadas, trasmitidas y recodificadas nuevamente en el ordenador central el cual, a su vez, hará las recomposiciones que me permitirán ir perfilando mi identidad”.

“Y entonces, ¿qué hago?” –le pregunto.

“Le recomiendo –explica– que proceda en el siguiente orden. Piense en qué rasgos comunes han tenido todas las personas con las que se ligó afectivamente. No se refiera solamente al cuerpo o al rostro, sino también a caracteres. Por ejemplo: ¿eran protectoras, o por lo contrario, inspiraban en usted necesidad de darles protección?” (*)


“¿Eran valientes, tímidas, ambiciosas, engañadoras, soñadoras; o crueles?” (*)


“Y ahora, ¿qué cosa igualmente desagradable, o reprochable, o negativa, han tenido en común?”. (*)


“¿Cuáles han sido sus rasgos positivos?” (*)


“¿En qué se han parecido los comienzos de todas esas relaciones?” (*)


“¿En qué se han parecido los finales?” (*)


“Procure recordar con qué personas se ha querido relacionar, sin que las cosas resultaran y por qué no resultaron.” (*)


“Ahora, atención, empezaré a tomar las formas que usted ambiciona. Indíqueme y lo haré a la perfección. Estoy lista, así es que piense: ¿Cómo debo caminar? ¿Cómo estoy vestida? ¿Qué hago exactamente? ¿Cómo hablo? ¿En qué lugar estamos y qué hacemos?” “¡Mira mi rostro, tal cual es!” (*)


“Mira en la profundidad de mis ojos, porque ya he dejado de ser una proyección para convertirme en algo real... mira en la profundidad de mis ojos y dime dulcemente qué ves en ellos.” (*)


Me levanto para tocar la figura pero ella me elude, desapareciendo tras una columna. Cuando llego al lugar compruebo que se ha esfumado. Sin embargo, siento en mi hombro una mano que se apoya suavemente, al tiempo que alguien dice: “No mires hacia atrás. Debe bastarte con saber que estamos muy cerca el uno del otro y que, gracias a eso, pueden aclararse tus búsquedas”. En el momento en que termina la frase, me vuelvo para ver a quién está a mi lado, pero sólo percibo a una sombra que huye. Simultáneamente, el fuego central ruge y aumenta su brillo deslumbrándome. Me doy cuenta que la escenografía y la proyección han creado el ambiente propicio para que brote la imagen ideal. Esa imagen que está en mí y que llegó a rozarme, pero que por una impaciencia incomprensible desapareció entre mis dedos. Sé que ha estado cerca mío y eso me basta. Sin embargo, compruebo que el ordenador central no pudo proyectar una imagen táctil como la que sentí sobre mi hombro...

Llego a la entrada del ascensor. La puerta se abre y entonces escucho un canto infantil: “¡Gargantúa se traga a los grandes con mucho cuidado sin hacerles mal! ¡Ajajá, ajajá, con mucho cuidado, sin hacerles mal!”


Nota al pie [4]


VI. EL RESENTIMIENTO

Es de noche. Estoy en una antigua ciudad surcada por canales de agua que pasan bajo los puentes de las calles. Acodado en una balaustrada, miro hacia abajo el lento desplazamiento de una líquida y turbia masa. A pesar de la bruma alcanzo a ver, sobre otro puente, un grupo de personas. Apenas escucho los instrumentos musicales, que acompañan voces tristemente desafinadas. Lejanas campanadas ruedan hasta mí, como pegajosas oleadas de lamento.

El grupo se ha ido, las campanas han callado.

En un pasaje diagonal, malsanas luces de colores fluorescentes apenas iluminan.

Emprendo mi camino internándome en la niebla. Luego de deambular entre callejuelas y puentes desemboco en un espacio abierto. Es una plaza cuadrada, al parecer vacía. El piso embaldosado me lleva hasta un extremo cubierto por las aguas quietas.

La barca, semejante a una carroza, me espera adelante. Pero antes, debo avanzar por entre dos largas filas de mujeres. Vestidas con túnicas negras y sosteniendo antorchas, dicen en coro a mi paso: “¡Oh, Muerte!, cuyo ilimitado imperio, alcanza dondequiera a los que viven. De ti el plazo concedido a nuestra edad, depende. Tu sueño perenne aniquila a las multitudes, ya que nadie elude tu poderoso impulso. Tú, únicamente, tienes el juicio que absuelve, y no hay arte que pueda imponerse a tu arrebato, ni súplica que revoque tu designio”.

Subiendo a la carroza, recibo la ayuda del barquero que luego permanece en pie detrás de mí Me acomodo en un espacioso asiento. Advierto que nos elevamos hasta quedar ligeramente despegados del agua. Entonces, comenzamos a desplazarnos suspendidos sobre un mar abierto e inmóvil, como espejo sin fin que refleja a la luna.

Hemos llegado a la isla. La luz nocturna permite ver un largo camino bordeado de cipreses. La barca se posa en el agua, balanceándose un poco. Bajo de ella, mientras el barquero permanece impasible.

Avanzo rectamente entre los árboles que silban con el viento. Sé que mi paso es observado. Presiento que hay algo o alguien escondido más adelante. Me detengo. Tras un árbol, la sombra me llama con lentos ademanes. Voy hacia ella y casi al llegar, un hálito grave, un suspiro de muerte, pega en mi rostro: “¡Ayúdame! –murmura–, sé que has venido a libertarme de esta prisión confusa. Sólo tú puedes hacerlo... ¡Ayúdame!” La sombra explica que es aquella persona con la que estoy profundamente resentido. (*)


Y, como adivinando mi pensamiento, agrega: “No importa que aquel con quien estás ligado por el resentimiento más profundo haya muerto o esté con vida, ya que el dominio del oscuro recuerdo no respeta fronteras”.

Luego continúa: “Tampoco hay diferencias en que el odio y el deseo de venganza, se anuden en tu corazón desde la niñez o desde el ayer reciente. Nuestro tiempo es inmóvil, por eso siempre acechamos para surgir deformados como distintos temores, cuando la oportunidad se hace propicia. Y esos temores, son nuestra revancha por el veneno que debemos probar cada vez”.

Mientras le pregunto qué debo hacer, un rayo de luna ilumina débilmente su cabeza cubierta por un manto. Luego, el espectro se deja ver con claridad y en él reconozco las facciones de quien abrió mi más grande herida. (*)


Le digo cosas que jamás hubiera comentado con nadie; le hablo con la mayor franqueza de que soy capaz. (*)


Me pide que considere nuevamente el problema y que le explique los detalles más importantes sin limitación, aunque mis expresiones sean injuriosas. Enfatiza en que no deje de mencionar ningún rencor que sienta, ya que de otro modo seguirá cautivo para siempre. Entonces, procedo de acuerdo a sus instrucciones. (*)


Inmediatamente, me muestra una fuerte cadena que lo une a un ciprés. Yo, sin dudar, la rompo con un tirón seco. En consecuencia, el manto se desploma vacío y queda extendido en el suelo, al tiempo que una silueta se desvanece en el aire y la voz se aleja hacia las alturas, repitiendo palabras que he conocido antes: “¡Adiós de una vez! Ya la luciérnaga anuncia la proximidad del alba y empieza a palidecer su indeciso fulgor. Adiós, adiós, adiós. ¡Acuérdate de mí!”

Al comprender que pronto amanecerá, giro sobre mí para volver a la barca, pero antes recojo el manto que ha quedado a mis pies. Lo cruzo en mi hombro y apuro el paso de regreso. Mientras me acerco a la costa, varias sombras furtivas me preguntan si algún día volveré a liberar otros resentimientos.

Ya cerca del mar, veo un grupo de mujeres vestidas con túnicas blancas, sosteniendo sendas antorchas en alto. Llegando a la carroza, doy el manto al barquero. Este, a su vez, lo entrega a las mujeres. Una de ellas le pega fuego. El manto arde y se consume velozmente, sin dejar cenizas. En ese instante, siento un gran alivio, como si hubiera perdonado con sinceridad, un enorme agravio. (*)


Subo a la barca, que ahora tiene el aspecto de una moderna lancha deportiva. Mientras nos separamos de la costa sin encender aún el motor, escucho al coro de las mujeres que dice: “Tú tienes el poder de despertar al aletargado, uniendo el corazón a la cabeza, librando a la mente del vacío, alejando las tinieblas de la interna mirada y el olvido. Ve, bienaventurada potestad. Memoria verdadera, que enderezas la vida hacia el recto sentido”.

El motor arranca en el instante en que empieza a levantarse el sol en el horizonte marino. Miro al joven lanchero de rostro fuerte y despejado, mientras acelera sonriente hacia el mar.

Ahora que nos acercamos a gran velocidad, vamos rebotando en el suave oleaje. Los rayos del sol, doran las soberbias cúpulas de la ciudad, mientras a su alrededor flamean palomas en alegres bandadas.


Nota al pie [5]


VII. LA PROTECTORA DE LA VIDA

Floto de espaldas en un lago. La temperatura es muy agradable. Sin esfuerzo, puedo mirar a ambos lados de mi cuerpo descubriendo que el agua cristalina me permite ver el fondo.

El cielo es de un azul luminoso. Muy cerca hay una playa de arenas suaves, casi blancas. Es un recodo sin oleaje, al que llegan las aguas del mar.

Siento que mi cuerpo flota blandamente y que se relaja cada vez más, procurándome una extraordinaria sensación de bienestar. En un momento, decido invertir mi posición y, entonces, comienzo a nadar con mucha armonía hasta que gano la playa y salgo caminando lentamente.

El paisaje es tropical. Veo palmeras y cocoteros, al tiempo que percibo en mi piel el contacto del sol y la brisa.

De pronto, a mi derecha, descubro una gruta. Cerca de ella, serpentea el agua transparente de un arroyo. Me acerco al tiempo que veo, dentro de la gruta, la figura de una mujer. Su cabeza está tocada con una corona de flores. Alcanzo a ver los hermosos ojos, pero no puedo definir su edad. En todo caso, tras ese rostro que irradia amabilidad y comprensión, intuyo una gran sabiduría. Me quedo contemplándola mientras la naturaleza hace silencio.

“Soy la protectora de la vida”, me dice. Le respondo tímidamente que no entiendo bien el significado de la frase. En ese momento, veo un cervatillo que lame su mano. Entonces, me invita a entrar a la gruta, indicándome luego que me siente en la arena frente a una lisa pared de roca. Ahora no puedo verla a ella, pero oigo que me dice: “respira suavemente y dime qué ves”. Comienzo a respirar lenta y profundamente. Al momento, aparece en la roca una clara imagen del mar. Aspiro y las olas llegan a las playas. Espiro y se retiran. Me dice: “Todo en tu cuerpo es ritmo y belleza. Tantas veces has renegado de tu cuerpo, sin comprender al maravilloso instrumento de que dispones para expresarte en el mundo” En ese momento, aparecen en la roca diversas escenas de mi vida en las que advierto vergüenza, temor y horror por aspectos de mi cuerpo. Las imágenes se suceden. (*)


Siento incomodidad al comprender que ella está viendo las escenas, pero me tranquilizo de inmediato. Luego agrega: “Aún en la enfermedad y la vejez, el cuerpo será el perro fiel que te acompañe hasta el último momento. No reniegues de él cuando no pueda responder a tu antojo. Mientras tanto, hazlo fuerte y saludable. Cuídalo para que esté a tu servicio y oriéntate solamente por las opiniones de los sabios. Yo que he pasado por todas las épocas, sé bien que la misma idea de belleza cambia. Si no consideras a tu cuerpo como al amigo más próximo, él entristece y enferma. Por tanto, habrás de aceptarlo plenamente. Él es el instrumento de que dispones para expresarte en el mundo... Quiero que veas ahora, qué parte de él es débil y menos saludable”. Al punto, aparece la imagen de esa zona de mi cuerpo. (*)


Entonces, ella apoya su mano en ese punto y siento un calor vivificante. Registro oleadas de energía que se amplían en el punto y experimento una aceptación muy profunda de mi cuerpo tal cual es. (*)


“Cuida a tu cuerpo, siguiendo solamente las opiniones de los sabios y no lo mortifiques con malestares que solo están en tu imaginación. Ahora, vete pleno de vitalidad y en paz”.

Al salir de la gruta reconfortado y saludable, bebo el agua cristalina del arroyo que me vivifica plenamente.

El sol y la brisa besan mi cuerpo. Camino por las arenas blancas hacia el lago y al llegar veo por un instante la silueta de la protectora de la vida que se refleja amablemente en las profundidades.

Voy entrando en las aguas. Mi cuerpo es un remanso sin límite. (*)


Nota al pie [6]


VIII. LA ACCIÓN SALVADORA

Nos desplazamos velozmente por una gran carretera. A mi lado conduce una persona que no he visto nunca. En los asientos traseros, dos mujeres y un hombre también desconocidos. El coche corre rodeado por otros vehículos que se mueven imprudentemente, como si sus conductores estuviesen ebrios o enloquecidos. No estoy seguro si está amaneciendo o cae la noche.

Pregunto a mi compañero acerca de lo que está sucediendo. Me mira furtivamente y responde en una lengua extraña: “¡Rex voluntas!” Conecto la radio que me devuelve fuertes descargas y ruido de interferencia eléctrica. Sin embargo, alcanzo a escuchar una voz débil y metálica que repite monótonamente: “... rex voluntas... rex voluntas... rex voluntas...”

El desplazamiento de los vehículos se va enlenteciendo, mientras veo al costado del camino numerosos autos volcados y un incendio que se propaga entre ellos. Al detenernos, todos abandonamos el coche y corremos hacia los campos entre un mar de gente que se abalanza despavorida. Miro hacia atrás y veo, entre el humo y las llamas, a muchos desgraciados que han quedado atrapados mortalmente, pero soy obligado a correr por la estampida humana que me lleva a empellones. En ese delirio intento, inútilmente, llegar a una mujer que protege a su niño, mientras la turba le pasa por encima, cayendo muchos al suelo.

En tanto se generaliza el desorden y la violencia, decido desplazarme en una leve línea diagonal que me permita separarme del conjunto. Apunto hacia un lugar más alto que obligue a frenar la carrera de los enloquecidos. Muchos desfallecientes se toman de mis ropas haciéndolas girones. Pero compruebo que la densidad de gente va disminuyendo.

He logrado zafarme y ahora sigo subiendo, ya casi sin aliento. Al detenerme un instante, advierto que la multitud sigue una dirección opuesta a la mía, pensando seguramente que al tomar un nivel descendente podrá salir más rápidamente de la situación. Compruebo con horror que aquel terreno se corta en un precipicio. Grito con todas mis fuerzas para advertir, aunque fuera a los más próximos, sobre la inminente catástrofe. Entonces, un hombre se desprende del conjunto y se acerca corriendo hasta mí. Está con las ropas destrozadas y cubierto de heridas. Sin embargo, me produce una gran alegría el que pueda salvarse. Al llegar, me aferra un brazo y gritando como un loco señala hacia abajo. No entiendo su lengua, pero creo que quiere mi ayuda para rescatar a alguien. Le digo que espere un poco, porque en este momento es imposible... Sé que no me entiende. Su desesperación me hace pedazos. El hombre, entonces, trata de volver y en ese momento lo hago caer de bruces. Queda en el suelo gimiendo amargamente. Por mi parte, comprendo que he salvado su vida y su conciencia, porque él trató de rescatar a alguien pero se lo impidieron.

Subo un poco más y llego a un campo de cultivo. La tierra está floja y surcada por recientes pasadas de tractor. Escucho a la distancia disparos de armas y creo comprender lo que está sucediendo. Me alejo presuroso del lugar. Pasado un tiempo me detengo. Todo está en silencio. Miro en dirección a la ciudad y veo un siniestro resplandor.

Empiezo a sentir que el suelo ondula bajo mis pies y un bramido que llega de las profundidades me advierte sobre el inminente terremoto. Al poco tiempo, he perdido el equilibrio. Quedo en el suelo lateralmente encogido pero mirando al cielo, presa de un fuerte mareo. El temblor ha cesado. Veo una luna enorme, como cubierta de sangre.

Hace un calor insoportable y respiro el aire cáustico de la atmósfera. Entre tanto, sigo sin comprender si amanece o cae la noche... Ya sentado, escucho un retumbar creciente. Al poco tiempo, cubriendo el cielo, pasan cientos de aeronaves como mortales insectos que se pierden hacia un ignorado destino.

Descubro cerca un gran perro que mirando hacia la luna comienza a aullar, casi como un lobo. Lo llamo. El animal se acerca tímidamente. Llega a mi lado. Acaricio suavemente su pelambre erizada. Noto un intermitente temblor en su cuerpo. El perro se separa de mí y comienza a alejarse. Me pongo en pie y lo sigo. Así recorremos un espacio ya pedregoso hasta llegar a un riachuelo. El animal sediento se abalanza y comienza a beber agua con avidez, pero al momento retrocede y cae. Me acerco, lo toco y compruebo que está muerto.

Siento un nuevo sismo que amenaza con derribarme, pero pasa. Giro sobre mis talones y diviso en el cielo, a lo lejos, cuatro formaciones de nubes que avanzan con sordo retumbar de truenos. La primera es blanca, la segunda roja, la tercera negra y la cuarta amarilla. Y esas nubes se asemejan a cuatro jinetes armados sobre cabalgaduras de tormenta, recorriendo los cielos y asolando toda vida en la tierra.

Corro tratando de escapar de las nubes. Comprendo que si me toca la lluvia, quedaré contaminado. Sigo avanzando a la carrera pero, de pronto, se alza enfrente una figura colosal. Es un gigante que me cierra el paso. Agita amenazante una espada de fuego. Le grito que debo avanzar porque se acercan las nubes radioactivas. Él me responde que es un robot puesto allí para impedir el paso de gente destructiva. Agrega que está armado con rayos, así es que advierte que no me acerque. Veo que el coloso separa netamente dos espacios; aquél del que provengo, pedregoso y mortecino, de ese otro lleno de vegetación y vida. Entonces grito: “¡Tienes que dejarme pasar porque he realizado una buena acción!”.

–¿Qué es una buena acción? –pregunta el robot.

–Es una acción que construye, que colabora con la vida.

–Pues bien –agrega– ¿qué has hecho de interés?

–He salvado a un ser humano de una muerte segura y, además, he salvado su conciencia.

Inmediatamente, el gigante se aparta y salto al terreno protegido, en el momento en que caen las primeras gotas de lluvia. Tengo al frente una granja. Cerca, la casa de los campesinos. Por sus ventanas amarillea un luz suave. Justo ahora, advierto que comienza el día.

Llegando a la casa, un hombre rudo de aspecto bondadoso me invita a pasar. Adentro hay una familia numerosa preparándose para las actividades del día. Me sientan a la mesa en la que hay dispuesta una comida simple y reconfortante. Pronto me encuentro bebiendo agua pura, como de manantial. Unos niños corretean a mi alrededor.

“Esta vez –dice mi anfitrión– escapó usted. Pero cuando tenga nuevamente que pasar el límite de la muerte, ¿qué coherencia podrá exhibir?” Le pido mayores aclaraciones porque sus palabras me resultan extrañas. Él me explica: “Pruebe recordar lo que podríamos llamar ‘buenas acciones’ (para darles un nombre), realizadas en su vida. Por supuesto que no estoy hablando de esas ‘buenas acciones’ que hace la gente esperando algún tipo de recompensa. Tiene que recordar solamente aquéllas que han dejado en usted la sensación de que lo hecho a otros, es lo mejor para los otros... así de fácil. Le doy tres minutos para que revise su vida y compruebe qué pobreza interior hay en usted, mi buen amigo. Y una última recomendación: si tiene hijos o seres muy queridos, no confunda lo que quiere para ellos con lo que es lo mejor para ellos”. Dicho lo cual, sale de la casa él y toda su gente. Quedo a solas meditando la sugerencia del campesino. (*)


Al poco tiempo, el hombre entra y me dice: “Ya ve qué vacío es usted por dentro y si no es vacío, es porque está confuso. O sea, en todos los casos, usted es vacío por dentro. Permítame una recomendación y acéptela porque es lo único que le servirá más adelante. Desde hoy, no deje pasar un solo día sin llenar su vida”.

Nos despedimos. A la distancia escucho que me grita: “¡dígale a la gente eso que usted ya sabe!”.

Me alejo de la granja en dirección a mi ciudad.

Esto he aprendido hoy: cuando el ser humano sólo piensa en sus intereses y problemas personales, lleva la muerte en el alma y todo lo que toca muere con él.


Nota al pie [7]


IX. LAS FALSAS ESPERANZAS

He llegado al lugar que me recomendaron. Estoy frente a la casa del doctor. Una pequeña placa advierte: “Usted que entra, deje toda esperanza.” Después de mi llamada, se abre la puerta y una enfermera me hace pasar. Señala una silla en la que me siento. Ella se sitúa tras una mesa, frente a mi. Toma un papel y después de colocarlo en su máquina de escribir, pregunta: –¿Nombre? –y yo respondo. –¿Edad?..., ¿profesión?..., ¿estado civil?... ¿grupo sanguíneo?... La mujer continúa llenando su ficha con mis antecedentes familiares de enfermedad.

Respondo por mi historia de enfermedades. (*)


Inmediatamente, reconstruyo todos los accidentes sufridos desde mi infancia. (*)


Mirándome fijamente, pregunta con lentitud: “¿Antecedentes criminales?”. Por mi parte, respondo con cierta inquietud. Al decirme, “¿cuáles son sus esperanzas?”, interrumpo mi obediente sistema de respuestas y le pido aclaraciones. Sin inmutarse y mirándome como a un insecto, replica: “¡Esperanzas son esperanzas! Así es que empiece a contar y hágalo rápido, porque tengo que encontrarme con mi novio”. Me levanto de la silla y de un manotazo saco el papel de la máquina. Luego, lo rompo tirando los fragmentos en una papelera. Doy media vuelta y me dirijo a la puerta por la que entré Compruebo que no la puedo abrir. Con molestia evidente, grito a la enfermera que la abra. No me responde. Giro sobre mí y veo que la pieza está vacía.

A grandes pasos llego a la otra puerta, comprendiendo que tras ella está el consultorio. Me digo que allí estará el doctor y que le presentaré mis quejas. Me digo que por allí escapó esa maravilla de enfermera. Abro y alcanzo a frenarme a escasos centímetros de una pared. “Tras la puerta una pared, muy bonita idea!”... Corro hacia la primera puerta, ahora se abre y choco nuevamente con el muro que me cierra el paso. Escucho una voz de hombre que me dice por un altavoz: “¿Cuáles son sus esperanzas?”. Recomponiéndome, le espeto al doctor que somos gente adulta y que, lógicamente, mi mayor esperanza es salir de esta ridícula situación. Él dice: “La placa en la pared de entrada advierte al que llega que deje toda esperanza”. La situación se me aparece como una broma grotesca, de modo que me siento en la silla a esperar algún tipo de desenlace.

“Comencemos de nuevo –dice la voz–. Usted recuerda que en su niñez, tenía muchas esperanzas. Con el tiempo, advirtió que jamás se iban a cumplir. Abandonó pues, esos lindos proyectos... Haga memoria.” (*)


“Más adelante –continúa la voz– sucedió otro tanto y tuvo que resignarse a que sus deseos no se cumplieran... Recuerde.” (*)


“Por fin, usted tiene varias esperanzas en este momento. No me refiero a la esperanza de salir del encierro ya que este truco de ambientación ha desaparecido. Estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de cuáles son sus esperanzas a futuro.” (*)


“¿Y cuales de ellas, usted sabe secretamente, no se cumplirán jamás? Píenselo con sinceridad.” (*)


“Sin esperanzas, no podemos vivir. Pero cuando sabemos que son falsas, no las podemos mantener indefinidamente ya que tarde o temprano todo terminará en una crisis de fracaso. Si pudiera profundizar en su interior, llegando a las esperanzas que reconoce no se cumplirán y si, además, hiciera el trabajo de dejarlas aquí para siempre, ganaría en sentido de realidad. Así es que trabajemos de nuevo el problema... Busque las más profundas esperanzas. Esas que según siente, nunca se realizarán. ¡Cuidado con equivocarse! Hay cosas que le parecen posibles, a esas no las toque. Tome sólo aquellas que no se cumplirán. Vamos, búsquelas con toda sinceridad, aunque le resulte un poco doloroso.” (*)


“Al salir de la habitación, propóngase dejarlas aquí para siempre.” (*)


“Y ahora, terminemos el trabajo. Estudie, en cambio, aquellas otras esperanzas importantes que considera posibles. Le daré una ayuda. Dirija su vida solo por lo que cree posible o que, auténticamente, siente que se cumplirá No importa que luego las cosas no resulten porque, después de todo, le dieron dirección a sus acciones.” (*)


“En fin, hemos terminado. Ahora salga por donde entró y hágalo rápido, porque tengo que verme con mi secretaria.”

Me levanto. Doy unos pasos, abro la puerta y salgo. Mirando la placa de la entrada, leo: “Usted que sale, deje aquí toda falsa esperanza”.


Nota al pie [8]


X. LA REPETICIÓN

Es de noche. Camino por un lugar débilmente iluminado. Es un callejón estrecho. No veo a nadie. En todo caso, la bruma difunde una luz distante. Mis pasos resuenan con un ominoso eco. Apuro el andar con la intención de llegar al próximo farol.

Llegando al punto, observo una silueta humana. La figura está a dos o tres metros de distancia. Es una anciana con el rostro semicubierto. De pronto, con una voz quebrada, me pregunta la hora. Miro el reloj y le respondo: “Son las tres de la mañana”.

Me alejo velozmente, internándome de nuevo en la bruma y la oscuridad, deseando llegar al próximo farol que diviso a la distancia.

Allí, nuevamente, está la mujer. Miro el reloj que marca las dos y treinta. Comienzo a correr hasta el farol siguiente y, mientras lo hago, volteo la cabeza hacia atrás. Efectivamente, me alejo de la silueta que permanece quieta a lo lejos. Llegando a la carrera al farol siguiente, percibo el bulto que me espera. Miro el reloj, son las dos.

Corro ya sin control pasando faroles y ancianas hasta que, agotado, me detengo a mitad de camino. Miro el reloj y veo en su vidrio el rostro de la mujer. Comprendo que ha llegado el fin...

A pesar de todo, trato de entender la situación y me pregunto repetidamente: “¿de qué estoy huyendo?... ¿de qué estoy huyendo?”. La voz quebrada me responde: “Estoy atrás tuyo y adelante. Lo que ha sido, será. Pero eres muy afortunado porque has podido detenerte a pensar un momento. Si resuelves esto, podrás salir de tu propia trampa”. (*)


Me siento aturdido y fatigado. No obstante, pienso que hay una salida. Algo me hace recordar varias situaciones de fracaso en mi vida. Efectivamente, ahora evoco los primeros fracasos en mi niñez. (*)


Luego, los fracasos de juventud. (*)


También, los fracasos más cercanos. (*)


Caigo en cuenta que en el futuro seguirán repitiéndose, fracasos tras fracasos. (*)


Todas mis derrotas han tenido algo de parecido y es que las cosas que quise hacer, no estaban ordenadas. Eran confusos deseos que terminaban oponiéndose entre ellos. (*)


Ahora mismo descubro que muchas cosas que deseo lograr en el futuro son contradictorias. (*)


No sé que hacer con mi vida y, sin embargo, quiero muchas cosas confusamente. Sí, temo al futuro y no quisiera que se repitieran fracasos anteriores. Mi vida está paralizada en ese callejón de niebla, entre fulgores mortecinos.

Inesperadamente, se enciende una luz en una ventana y desde ella alguien me grita: “¿Necesita algo?”.

–Sí –le respondo–, ¡necesito salir de aquí!

–Ah, no!... solo no se puede salir.

–Entonces, indíqueme cómo hago.

–No puedo. Además, si seguimos gritando, vamos a despertar a todos los vecinos. ¡Con el sueño de los vecinos no se juega! Buenas noches. Se apaga la luz. Entonces, surge en mí el más fuerte deseo: salir de esta situación. Advierto que mi vida cambiará solamente si encuentro una salida. El callejón tiene aparentemente un sentido, pero no es sino una repetición, desde el nacimiento a la muerte. Un falso sentido. De farol en farol, hasta que en algún momento se acaben mis fuerzas para siempre.

Advierto, a mi izquierda, un cartel indicador con flechas y letras. La flecha del callejón indica su nombre: “Repetición de la vida”. Otra, señala: “Anulación de la vida” y una tercera: “Construcción de la vida” Me quedo reflexionando un momento. (*)


Tomo la dirección que muestra la tercera flecha. Mientras salgo del callejón a una avenida ancha y luminosa, experimento la sensación de que estoy por descubrir algo decisivo. (*)


XI. EL VIAJE

Sigo subiendo a pie por el camino montañoso. Me detengo un instante y miro hacia atrás. A la distancia, veo la línea de un río y lo que podría ser una arboleda. Más lejos, un desierto rojizo que se pierde en la bruma del atardecer. Camino unos pasos más, mientras la senda se estrecha hasta quedar borrada. Sé que falta un último tramo, el más difícil, para llegar a la meseta. La nieve apenas molesta mi desplazamiento, así es que continúo el ascenso.

He llegado a la pared de roca. La estudio cuidadosamente y descubro en su estructura una grieta por la que podría trepar. Comienzo a subir enganchando los borceguíes en las salientes Pego la espalda en un borde de la grieta, mientras hago palanca con un codo y el otro brazo. Subo. La grieta se ha estrechado. Miro hacia arriba y hacia abajo. Estoy a mitad de camino. Imposible desplazarme en ninguno de los dos sentidos. Cambio la posición, quedando pegado de frente a la resbaladiza superficie. Afirmo los pies y muy despacio, estiro un brazo hacia arriba. La roca me devuelve el jadeo húmedo de la respiración. Palpo sin saber si encontraré una pequeña fisura. Estiro el otro brazo suavemente. Siento que me balanceo. Mi cabeza comienza a separarse lentamente de la piedra. Luego, todo mi cuerpo. Estoy por caer de espaldas... Pero encuentro un pequeño hueco en el que aferro mis dedos. Ya afirmado, continúo el ascenso trepando sin dificultad en el asalto final.

Por fin llego arriba. Me incorporo y aparece ante mí una pradera interminable. Avanzo unos pasos. Luego, cambio de frente. Hacia el abismo es de noche; hacia la llanura, los últimos rayos del sol fugan en tonalidades múltiples. Estoy comparando ambos espacios cuando escucho un sonido agudo. Al mirar hacia lo alto veo un disco luminoso que, describiendo círculos a mi alrededor, comienza a descender.

Se ha posado muy cerca. Movido por una llamada interior me acerco sin prevenciones. Penetro en su interior con la sensación de traspasar una cortina de aire tibio. Al momento, experimento que mi cuerpo se aliviana. Estoy en una burbuja transparente, achatada en su base.

Como impulsados por un gran elástico, partimos rectamente. Creo que vamos en dirección a Beta Hydris o, tal vez, hacia NGC3621 (?).

Alcanzo a ver, fugazmente, el atardecer en la pradera. Subimos a mayor velocidad, mientras el cielo se ennegrece y la Tierra se aleja. Siento que aumenta la velocidad. Las límpidas estrellas van virando de color hasta desaparecer en la oscuridad total.

Al frente, veo un único punto de luz dorado que se agranda. Vamos hacia él. Ahora se destaca un gran aro que se continúa en larguísimo corredor transparente. En un momento, nos detenemos súbitamente. Hemos descendido en un lugar abierto. Atravieso la cortina de aire tibio y salgo del objeto.

Estoy entre paredes transparentes que, al atravesarlas, producen musicales cambios de color.

Sigo avanzando hasta llegar a un plano en cuyo centro veo un gran objeto móvil, imposible de capturar con la mirada, porque al seguir una dirección cualquiera en su superficie ésta termina envuelta en el interior del cuerpo. Siento mareo y aparto la vista.

Encuentro una figura, al parecer, humana. No puedo ver su rostro. Me tiende una mano en la que veo una esfera radiante. Comienzo a acercarme y en un acto de plena aceptación, tomo la esfera y la apoyo en mi frente. (*)


Entonces, en silencio total, percibo que algo nuevo comienza a vivir en mi interior. Ondulaciones sucesivas y una fuerza creciente bañan mi cuerpo, mientras brota en mi ser una profunda alegría. (*)


Sé que la figura me dice sin palabras: “Regresa al mundo con tu frente y tus manos luminosas”. (*)


Así pues, acepto mi destino. Luego, la burbuja y el aro y las estrellas y la pradera y la pared de roca. (*)


Por último, el camino y yo, humilde peregrino que regresa a su gente. (*)


Yo que vuelvo luminoso a las horas, al día rutinario, al dolor del hombre, a su simple alegría. Yo que doy de mis manos lo que puedo, que recibo la ofensa y el saludo fraterno, canto al corazón que del abismo oscuro renace a la luz del ansiado Sentido.


Nota al pie [9]


XII. EL FESTIVAL

Acostado en una cama, creo estar en la habitación de un hospital. Escucho apenas el goteo de un grifo de agua mal cerrado. Intento mover los miembros y la cabeza, pero no me responden. Con esfuerzo mantengo los párpados abiertos.

Me parece que alguien ha dicho a mi lado, que afortunadamente salí de todo peligro... que ahora, todo es cuestión de descanso.

Inexplicablemente, esas palabras confusas me traen un gran alivio. Siento al cuerpo adormecido y pesado, cada vez más flojo.

El techo es blanco y liso, pero cada gota de agua que escucho caer destella en su superficie como un trazo de luz. Una gota, una raya. Luego otra. Después, muchas líneas. Más adelante, ondulaciones. El techo se va modificando, siguiendo el ritmo de mi corazón. Puede ser un efecto de las arterias de mis ojos, al pasar los golpes de sangre. El ritmo, va dibujando el rostro de una persona joven.

–¡Eh, tú! –me dice– ¿por qué no vienes?

–Claro –pienso– ¿por qué no?

...Allí adelante se desarrolla el festival de música y el sonido de los instrumentos inunda de luz un enorme espacio tapizado de hierba verde y flores.

Estoy recostado en el prado, mirando hacia el escenario. A mi alrededor hay una enorme cantidad de gente, pero me agrada el hecho de ver que no está apiñada porque hay mucho espacio. A la distancia, alcanzo a ver antiguos amigos de la niñez. Siento que están realmente a gusto.

Fijo la atención en una flor, conectada a su rama por un delgado tallo de piel transparente en cuyo interior se va profundizando el verde reluciente. Estiro la mano, pasando suavemente un dedo por el tallo terso y fresco, apenas interrumpido por pequeñísimos abultamientos. Así, subiendo por entre hojas de esmeralda, llego a los pétalos que se abren en una explosión multicolor. Pétalos como cristales de catedral solemne, pétalos como rubíes y como fuego de leños amanecidos en hoguera... Y en esa danza de matices, siento que la flor vive como si fuera parte mía. (*)


Y la flor, agitada por mi contacto, suelta una gota de rocío amodorrado apenas prendida en una hoja final. La gota vibra en óvalo, luego se alarga y ya en el vacío se aplana para redondearse nuevamente, cayendo en un tiempo sin fin. Cayendo, cayendo, en el espacio sin límite... Por último, dando en el sombrero de un hongo, rueda por él como pesado mercurio, para deslizarse hasta sus bordes. Allí, en un espasmo de libertad, se abalanza sobre un pequeño charco en el que levanta el tormentoso oleaje que baña a una isla de piedra-mármol. (*)


Alzo la mirada para ver a una abeja dorada que se acerca a libar en la flor. Y en ese violento espiral de vida contraigo mi mano irrespetuosa, alejándola de aquella perfección deslumbrante. Mi mano... La miro atónito, como si la viera por primera vez. Dándola vuelta, flexionando y estirando los dedos, veo las encrucijadas de la palma y en sus líneas comprendo que todos los caminos del mundo convergen allí. Siento que mi mano y sus profundas líneas no me pertenecen y agradezco en mi interior la desposesión de mi cuerpo.

Adelante se desarrolla el festival y yo sé que la música me comunica con esa muchacha que mira sus vestidos y con el hombre joven que, acariciando un gato azul, se respalda en el árbol. Sé que antes he vivido esto mismo y que he captado la rugosa silueta del árbol y las diferencias de volumen de los cuerpos. Otra vez ya, he advertido esas nubes ocre de forma blanda, pero como de cartón recortado en el celeste límpido del cielo. Y también he vivido esa sensación sin tiempo en que mis ojos parecen no existir, porque ven todo con transparencia como si no fueran ojos del mirar diario, aquellos que enturbian la realidad. Siento que todo vive y que todo está bien. Que la música y las cosas no tienen nombre y que nada, verdaderamente, puede designarlas. (*)


En las mariposas de terciopelo que vuelan a mi alrededor, reconozco la calidez de los labios y la fragilidad de los sueños felices. El gato azul se desplaza cerca mío. Caigo en cuenta de algo obvio: se mueve por sí solo, sin cables, sin control remoto. Lo hace por sí mismo y eso me deja atónito. En sus perfectos movimientos y tras los hermosos ojos amarillos, sé que hay una vida y que todo lo demás es un disfraz, como la corteza del árbol, como las mariposas, como la flor, como la gota mercurial, como las nubes recortadas, como la mano de los caminos convergentes. Por un momento, me parece comunicar con algo universal. (*)


...Pero una voz suave, me interrumpe justo antes de pasar a otro estado de conciencia.

“¿Usted cree que así son las cosas? –me susurra la desconocida–. Le diré que no son de ese modo, ni del otro. Usted, pronto volverá a su mundo gris, sin profundidad, sin alegría, sin volumen. Y creerá que ha perdido la libertad. Por ahora no me entiende, ya que no tiene capacidad de pensar a su antojo. Su aparente estado de libertad es sólo producto de la química. Esto le sucede a miles de personas a las que aconsejo cada vez. Buenos días!”

La amable señora ha desaparecido. Todo el paisaje empieza a girar en un espiral gris claro, hasta que aparece el techo ondulante. Oigo la gota de agua del grifo. Sé que estoy acostado en una habitación. Experimento que el embotamiento de los sentidos se diluye. Pruebo mover la cabeza y responde. Luego, los miembros. Me estiro y compruebo que estoy en perfectas condiciones. Salto de la cama reconfortado, como si hubiera descansado años.

Camino hasta la puerta de la habitación. La abro. Encuentro un pasillo. Camino velozmente en dirección a la salida del edificio. Llego hasta ella. Veo una gran puerta abierta, por la que pasa mucha gente en ambas direcciones. Bajo unos escalones y llego a la calle.

Es temprano. Miro la hora en el reloj de pared y comprendo que debo apurarme. Un gato asustado cruza por entre peatones y vehículos. Lo miro correr y, sin saber por qué, me digo a mí mismo: “Hay otra realidad que mis ojos no ven todos los días”.


XIII. LA MUERTE

Creo que estoy en un teatro. Todo está a oscuras. Poco a poco comienza a iluminarse la escena, pero he aquí que yo estoy en ella. El ambiente es cinematográfico. Por allí luces de antorchas, en el fondo una gigantesca balanza de dos brazos. Creo que el techo, posiblemente abovedado, está a mucha altura porque no veo sus límites. Alcanzo a reconocer algunas paredes de roca, árboles y pantanos alrededor del centro de escena. Tal vez todo se continúe en una selva muy espesa. Por todas partes hay figuras humanas que se mueven furtivamente. Súbitamente dos sujetos encapuchados aferran mis brazos. Entonces una voz grave me pregunta:

–¿De dónde vienes?

No sé que responder así que explico que vengo de “adentro”.

–¿Qué es “adentro”?, –dice la voz.

Ensayo una respuesta: “Como vivo en la ciudad, el campo es ‘afuera’. Para la gente del campo, la ciudad también es ‘afuera’. Yo vivo en la ciudad o sea ‘adentro’ y por eso digo que vengo de ‘adentro’ y ahora estoy ‘afuera’”.

–Eso es una estupidez, tú entras a nuestros dominios de manera que vienes de “afuera”. Este no es el campo sino que es tu “adentro”. ¿No pensaste acaso que esto era un teatro? Entraste al teatro que, a su vez, está en tu ciudad. La ciudad en que vives está afuera del teatro. –No –respondo–, el teatro es parte de la ciudad en que vivo.

–Escucha insolente –dice la voz–, terminemos con esta discusión ridícula. Para empezar te diré que ya no vives en la ciudad. Vivías en la ciudad, por lo tanto tu espacio de “adentro” o de “afuera” se quedó en el pasado. Así, estás en otro espacio-tiempo. En esta dimensión las cosas funcionan de otra manera.

De inmediato, aparece al frente un vejete portando en su diestra un recipiente. Al llegar a mí introduce la otra mano en mi cuerpo como si este fuera de mantequilla. Primeramente extrae mi hígado y lo coloca en la vasija, luego procede con los riñones, el estómago, el corazón y, por último, saca sin profesionalismo todo lo que va encontrando hasta que termina desbordando el receptáculo. Por mi parte, no siento nada especial. El sujeto gira sobre sí mismo y llevando mis vísceras hasta la balanza, concluye depositándolas en uno de los platos que desciende hasta tocar el piso. Entonces pienso que estoy en una carnicería en la que se pesan trozos de animales ante la vista de los clientes. En efecto, una señora portando un cesto trata de apoderarse de mis entrañas, pero es rechazada por el vejete que le grita: “Pero ¿qué es esto? ¿Quién le ha autorizado a llevarse las piezas?” El personaje entonces, sube por una escalerilla hasta el plato en alto y allí deposita una pluma de búho en el plato vacío.

La voz vuelve a dirigirse a mi con estas palabras: “Ahora que estás muerto y has descendido hasta el umbral del mundo de las sombras, te dirás: ‘están pesando mis vísceras’, y será cierto. Pesar tus vísceras es pesar tus acciones”.

Los encapuchados que me flanqueaban dejan mis brazos en libertad y comienzo a caminar lentamente pero sin dirección precisa. La voz continúa: “Las vísceras bajas están en el fuego infernal. Los cuidadores del fuego se muestran siempre activos e impiden que se acerquen aquellos a quienes deseas”.

Me doy cuenta que la voz va guiando mis pasos y que a cada insinuación cambia la escena. La voz dice: “Primeramente, pagarás a los cuidadores. Luego entrarás al fuego y recordarás los sufrimientos que causaste a otros en la cadena del amor. (*)


“Pedirás perdón a los maltratados por ti y saldrás purificado únicamente cuando te reconcilies. (*)


“Entonces, llama por su nombre a los perjudicados y ruégales que te permitan ver sus rostros. Si ellos acceden, escucha con cuidado sus consejos porque estos son tan suaves como brisas lejanas. (*)


“Agradece con sinceridad y parte siguiendo la antorcha de tu guía. El guía atravesará oscuros pasadizos y llegará contigo a una cámara en donde aguardan las sombras de aquellos que has violentado en tu existencia. Ellos, todos ellos, están en la misma situación sufriente en la que un día los dejaras. (*)


“Pídeles perdón, reconcíliate y bésalos uno por uno antes de partir. (*)


“Sigue al guía que bien sabe llevarte a tus lugares de naufragio, a los lugares de las cosas irreparablemente yertas. ¡Oh, mundo de las grandes pérdidas en el que sonrisas y encantos y esperanzas son tu peso y tu fracaso! Contempla tu larga cadena de fracasos y para ello, pide al guía que alumbre lentamente todas aquellas ilusiones. (*)


“Reconcíliate contigo mismo, perdónate a ti mismo y ríe. Entonces verás como del cuerno de los sueños surge un viento que lleva hacia la nada el polvo de tus ilusorios fracasos”. (*)


De pronto, toda la escena cambia y me encuentro en otro ambiente en el que escucho: “Aún en el bosque oscuro y frío, sigues a tu guía. Las aves de malos presagios rozan tu cabeza. En los pantanos, lazos serpentinos te rodean. Haz que tu guía te lleve hacia la gruta. Allí no puedes avanzar a menos que pagues tu precio a las formas hostiles que defienden la entrada. Si, finalmente, logras penetrar pídele al guía que vaya iluminando a izquierda y a derecha. Ruégale que acerque su antorcha a los grandes cuerpos de mármol de aquellos que no has podido perdonar. (*)


“Perdónalos uno por uno y cuando tu sentimiento sea verdadero, las estatuas se irán convirtiendo en seres humanos que te sonreirán y extenderán hacia ti sus brazos en un himno de agradecimiento. (*)


“Sigue al guía fuera de la gruta y no mires atrás por ninguna circunstancia. Deja a tu guía y vuelve aquí, a donde se pesan las acciones de los muertos. Ahora mira el plato de balanza en el que están depositadas tus acciones y comprueba como éstas suben y son más livianas que una pluma.

Siento un quejido metálico al tiempo que veo elevarse el plato en el que está depositada la vasija.

Y la voz concluye: “Has perdonado a tu pasado. Demasiado tienes como para pretender más por ahora. Si tu ambición te llevara más lejos podría suceder que no volvieras a la región de los vivos. Demasiado tienes con la purificación de tu pasado. Yo te digo ahora: ‘Despierta y sal fuera de este lugar’”.

Las luces de la escena se van apagando lentamente, mientras siento que estoy afuera de aquel mundo y nuevamente adentro de éste. Pero también advierto que en este mundo contengo las experiencias de aquel otro.



Segunda parte: juegos de imágenes

I. EL ANIMAL

Me encuentro en un lugar totalmente oscuro. Tanteando con el pie, siento que el terreno es irregular, entre vegetal y pedregoso. Sé que en alguna parte hay un abismo. Percibo muy cerca a ese animal que siempre me provocó la inconfundible sensación de asco y terror. Tal vez un animal, tal vez muchos... pero es seguro que algo se aproxima irremisiblemente. Un zumbido en mis oídos, a veces confundido con un viento lejano, contrasta el silencio definitivo. Mis ojos muy abiertos no ven, mi corazón se agita y si la respiración es fina como un hilo, la garganta oprime el paso de un sabor amargo.

Algo se acerca, pero ¿qué hay atrás mío que me eriza y que enfría mis espaldas como un hielo?

Mis piernas flaquean y si algo me atrapa o salta sobre mí desde atrás, no tendré defensa alguna. Estoy inmóvil... sólo espero. Pienso atropelladamente en el animal y en aquellas ocasiones en que estuvo cerca mío. Especialmente, en aquél momento. Revivo aquel momento. (*)


¿Qué pasaba entonces? ¿Qué sucedía en mi vida entonces? Trato de recordar las frustraciones y los temores que me acompañaban cuando ocurrió aquello. (*)


Si, yo estaba en una encrucijada en mi vida y ella coincidió con el accidente del animal. Tengo necesidad imperiosa de encontrar la relación. (*)


Advierto que puedo reflexionar con más calma. Admito que hay animales que suscitan una reacción de desagrado en casi todas las personas, pero también comprendo que no todos se descontrolan ante su presencia. Pienso en ese hecho. Cotejo el aspecto del peligroso ser, con la situación que vivía cuando ocurrió aquello. (*)


Ahora, ya en calma, trato de sentir qué parte de mi cuerpo es la que protegería del peligroso animal. Luego relaciono esa parte con la situación difícil que vivía cuando ocurrió el accidente, tiempo atrás. (*)


El animal provocó en mí la aparición de ese momento de mi vida que no está resuelto. Ese momento oscuro y doloroso que a veces no recuerdo es el punto que me debo aclarar. (*)


Veo hacia arriba un cielo nocturno límpido y adelante el arrebol de un nuevo amanecer. Muy rápidamente, el día trae consigo la vida definida. Aquí, en esta pradera suave camino con libertad sobre una alfombra de hierbas cubiertas de rocío.

Un vehículo se aproxima velozmente. Se detiene a mi lado y de él descienden dos personas vestidas de enfermeros. Me saludan cordialmente y explican que han capturado al animal que me provoca sobresalto. Comentan que cuando reciben un mensaje de miedo salen a la caza y, capturando al animal se lo muestran a la persona afectada para que lo estudie bien. Seguidamente, ponen ante mi al animal cuidadosamente resguardado. Se trata de un ejemplar indefenso. Aprovecho para examinarlo muy lentamente desde todos los ángulos y distancias. Los hombres lo acarician con suavidad y el animalito responde amigablemente. Luego, me invitan a que haga lo mismo. Siento una fuerte aprehensión, pero a la sacudida primera que experimento en la piel, sigue un nuevo intento y luego otro hasta que, finalmente, puedo acariciarlo. (*)


El responde pacíficamente y con movimientos sumamente perezosos. Luego se va reduciendo de tamaño, hasta desaparecer.

Mientras el vehículo parte, trato de recordar nuevamente la situación que vivía cuando (hace mucho tiempo) la presencia del animal me provocó terror. (*)


Experimento un fuerte impulso y empiezo a correr deportivamente, aprovechando la mañana y su aire saludable. Me muevo rítmicamente y sin fatiga mientras respiro en profundidad. Acelero la velocidad sintiendo los músculos y el corazón trabajar como una máquina perfecta. Corriendo libremente recuerdo mi temor, pero siento que soy más fuerte y que pronto lo habré vencido para siempre.

Mientras el sol ilumina desde lo alto voy acercándome velozmente a mi ciudad, con los pulmones henchidos y los músculos moviéndose en armónica sincronización. Siento aquellas partes de mi cuerpo, en las que hacía presa el temor, fuertes e inatacables. (*)


II. EL TRINEO

Estoy en una gran explanada cubierta de nieve. A mi alrededor hay muchas personas practicando deportes de invierno. Me doy cuenta que hace frío, no obstante el espléndido sol, por el vapor que sale de mi boca. Siento, a veces, ráfagas heladas que golpean mi cara... pero me agrada mucho.

Se acercan varios amigos transportando un trineo. Me indican que me suba y lo maneje. Explican que su diseño es perfecto y que es imposible perder el control. Así es que sentándome en él, ajusto las correas y herrajes. Me coloco las gafas y pongo en marcha las turbinas que silban como pequeños jets. Oprimo suavemente el acelerador con el pie derecho y el trineo empieza a moverse. Aflojo el pie y aprieto el izquierdo. El aparato se detiene dócilmente. Luego, maniobro con el volante a derecha e izquierda sin esfuerzo alguno. Entonces, dos o tres amigos salen adelante mío, deslizándose en sus esquíes. “¡Vamos!”, gritan. Y se lanzan desde la explanada, zigzagueando en el descenso, por la magnífica ladera montañosa.

Aprieto el acelerador y comienzo a moverme con una suavidad perfecta. Empiezo el descenso tras los esquiadores. Veo el hermoso paisaje cubierto de nieve y coníferas. Más abajo, algunas casas de madera y allí, a lo lejos, un valle luminoso.

Acelero sin temor y paso a un esquiador, luego a otro y, finalmente, al tercero. Mis amigos saludan con gran algarabía. Enfilo hacia los pinos que aparecen en mi trayecto y los eludo con movimientos impecables. Entonces, me dispongo a dar más velocidad a la máquina. Aprieto a fondo el acelerador y siento la tremenda potencia de las turbinas. Veo pasar los pinos a mis costados, como sombras imprecisas, mientras la nieve queda atrás flotando en finísima nube blanca. El viento helado me estira la piel del rostro y tengo que esforzarme para mantener los labios apretados.

Veo un refugio de madera que se agranda velozmente y, a sus costados, sendos trampolines de nieve para práctica de salto gigante en esquí. No vacilo, apunto hacia el de la izquierda. En un instante estoy sobre él y en ese momento corto el contacto de los motores, para evitar un posible incendio en la caída...

He salido catapultado hacia arriba, en un vuelo estupendo. Sólo escucho el bramido del viento, mientras empiezo a caer cientos de metros.

Aproximándome a la nieve, compruebo que mi ángulo de caída va coincidiendo perfectamente con la inclinación de la ladera y así, toco el plano delicadamente. Enciendo las turbinas y sigo acelerando mientras me acerco al valle. He comenzado a frenar poco a poco. Levanto mis gafas y enfilo lentamente hacia el complejo hotelero desde el que salen numerosos funiculares, que llevan deportistas a los montes. Finalmente, entro en una explanada. Adelante y a la derecha, observo la boca negra de un túnel como de ferrocarril. Apunto despacio hacia él, sobrepasando unas charcas de nieve derretida. Al llegar a la boca, me cercioro: no hay vías de tren, ni huellas de vehículos. Sin embargo, pienso que podrían desplazarse por allí grandes camiones. Tal vez se trate del depósito de los quitanieves. Sea como fuere, entro lentamente en el túnel. Está débilmente iluminado. Enciendo el faro delantero y su fuerte haz me permite ver un camino recto por varios cientos de metros. Acelero. El sonido de los jets retumba y los ecos se entremezclan. Veo adelante que el túnel se curva y en lugar de frenar acelero, de manera que llegando al lugar me deslizo por la pared sin inconveniente. Ahora el camino desciende y, más adelante, se curva hacia arriba describiendo un espiral como si se tratara de un serpentín o un fantástico resorte.

Acelero, estoy bajando. Emprendo la subida y comprendo que en un momento estoy corriendo por el techo, para bajar nuevamente y volver a una línea recta. Freno suavemente y me dispongo a descender en una caída parecida a la de una montaña rusa. La pendiente es muy pronunciada. Comienzo la bajada pero voy frenando simultáneamente. La velocidad se va amortiguando. Veo que me estoy desplazando sobre un puente angosto que corta el vacío. A ambos lados hay una profunda oscuridad. Freno aún más y tomo la recta horizontal del puente que tiene el exacto ancho del trineo. Pero me siento seguro. El material es firme. Al mirar tan lejos como lo permite la luz del faro, mi camino aparece como un hilo tenso separado de todo techo, de todo fondo, de toda pared..., separado por distancias abismales. (*)


Detengo el vehículo, interesado por el efecto de la situación. Empiezo a imaginar diversos peligros pero sin sobresalto: el puente cortándose y yo cayendo al vacío. Luego, una inmensa araña descendiendo por su grueso hilo de seda... bajando hasta mí, como si fuera yo una pequeña mosca. Por último, imagino un derrumbe colosal y largos tentáculos que suben desde las oscuras profundidades. (*)


Aunque el decorado es propicio, compruebo que tengo suficiente fuerza interior como para vencer los temores. De manera que intento, una vez más, imaginar algo peligroso o abominable y me abandono a esos pensamientos. (*)


He superado el trance y me siento reconfortado por la prueba que me impuse, de manera que conecto las turbinas y acelero. Paso el puente y llego nuevamente a un túnel parecido al del comienzo. A marcha veloz, tomo una subida muy larga. Pienso que estoy llegando al nivel de salida. Veo la luz del día que va aumentando de diámetro. Ahora, en línea recta, salgo raudo a la explanada abierta del complejo hotelero. Voy muy despacio, eludiendo gente que camina a mi alrededor. Así continúo muy despacio, hasta llegar a un extremo del lugar que conecta con las canchas de esquí Bajo las gafas y comienzo a acelerar para llegar con suficiente velocidad a la ladera, que terminará en la cima desde la que comencé mi recorrida. Acelero, acelero, acelero... Estoy subiendo el plano inclinado a la increíble velocidad que tuve en la bajada. Veo acercarse el refugio de madera y los dos trampolines a sus costados, sólo que ahora se presenta una pared vertical que me separa de ellos. Giro a la izquierda y continúo el ascenso hasta pasar por un costado, a la altura de las rampas. Los pinos pasan a mi lado como sombras imprecisas, mientras la nieve queda atrás flotando en finísima nube blanca...

Adelante veo a mis tres amigos parados, saludándome con sus bastones en alto. Giro en círculo cerrado alrededor de ellos, arrojándoles cortinas de nieve. Continúo el ascenso y llego a la cima del monte. Me detengo. Interrumpo el contacto de las turbinas. Levanto mis gafas. Suelto las hebillas de las correas y salgo del trineo. Estiro las piernas y luego todo el cuerpo, apenas entumecido. A mis pies y descendiendo por la magnífica ladera veo las coníferas y muy lejos, como un conjunto irregular, el complejo hotelero. Siento el aire purísimo y el efecto del sol de montaña curtiendo la piel de mi cara. (*)


III. EL DESHOLLINADOR

Estoy en una habitación sentado al lado de una persona que no conozco, pero que me es de una confianza absoluta. Tiene todas las características de un buen consejero: bondad, sabiduría y fuerza. Sin embargo, muchos le dan el pintoresco mote de “deshollinador”. Lo he venido a consultar sobre algunos problemas personales y, por su parte, ha respondido que mis tensiones internas son tan fuertes que lo más recomendable es hacer un ejercicio de “limpieza”. Su discreción es tan grande que al estar sentado a mi lado y no fijar la mirada en mi, puedo expresarme libremente. De esta manera, establecemos una muy buena relación. Me pide que me distienda completamente, aflojando los músculos. Me ayuda, apoyando sus manos en mi frente y en los distintos músculos de la cara. (*)


Luego me toma la cabeza y la mueve de izquierda a derecha; adelante y atrás, para que relaje el cuello y los hombros. Destaca como importante que los ojos y la mandíbula queden flojos. (*)


Indica posteriormente que suelte los músculos del tronco. Primeramente, los de adelante. Después, los de atrás. (*)


No se ha preocupado de las tensiones en brazos y piernas porque, según asegura, ellos se distienden solos como consecuencia de lo anterior. Me recomienda ahora que sienta a mi cuerpo blando, como de goma; “tibio” y pesado, hasta encontrar una sensación algodonosa y placentera. (*)


Me dice: “Vamos derecho al grano. Revise hasta el último detalle ese problema que lo tiene a mal traer. Considere que no estoy aquí para juzgarlo. Yo soy un instrumento suyo y no a la inversa”. (*)


Piense –continúa– en aquello que no le contaría a nadie por ningún motivo. (*)


Cuéntemelo –dice– detenidamente. (*)


“Si lo desea, siga diciéndome todo lo que le haría bien transmitir. Dígalo sin preocuparse por las expresiones y suelte sus emociones libremente.” (*)


Pasado un tiempo, el deshollinador se levanta y toma un objeto alargado, ligeramente curvo. Se pone enfrente mío y dice: “¡Abra la boca!”. Le obedezco. Luego siento que me introduce una especie de pinza larga que me llega hasta el estómago. Sin embargo, advierto que puedo tolerarla... De pronto grita: “¡Lo atrapé!” y comienza a retirar el objeto, poco a poco. Al principio creo que me desgarra algo, pero luego siento que se produce en mí una agitación placentera, como si desde las entrañas y los pulmones se fuera desprendiendo algo que estuvo malignamente adherido durante mucho tiempo. (*)


Va retirando la pinza. Me asombro al sentir que apresado por ella, va saliendo de mi boca una forma dulzona, maloliente y viscosa, que se retuerce... Por último, el deshollinador coloca al desagradable ser en un frasco transparente mientras experimento un inmenso alivio, como una purificación interna de mi cuerpo.

De pie, observo boquiabierto la repugnante “cosa” que se va diluyendo hasta quedar transformada en una gelatina informe. Al poco tiempo, es ya un líquido oscuro. Luego sigue aclarándose, para terminar por consumirse al escapar como gas a la atmósfera. En menos de un minuto, el frasco ha quedado perfectamente limpio.

Ya ve –dice el deshollinador– por eso se llama “limpieza” a este procedimiento. En fin, hoy no ha estado mal. Un poco de problema cotidiano con algo de humillación; una dosis de traición y algún aderezo de conciencia culposa. Resultado: un pequeño monstruo que le impedía tener buenos sueños, buena digestión y buenas otras cosas. Si usted viera... a veces he sacado monstruos enormes. Bien, no se preocupe si conserva una sensación desagradable por un rato... Me despido de usted.


IV. EL DESCENSO

Estamos en un pequeño barco, mar adentro. Al comenzar a levar ancla notamos que ésta se ha trabado. Anuncio a mis compañeros que iré a ver qué pasa. Bajo por una escalerilla entrando en el agua calma. Al sumergirme veo un cardumen de pequeños peces, el casco del barco y la cadena del ancla. Nado hacia ella y aprovechándola, desciendo. Noto que puedo respirar sin dificultad de manera que continúo bajando por la cadena hasta llegar al fondo, ya poco iluminado.

El ancla está atascada en unos restos de metal. Me acerco, tirando fuertemente hacia arriba. El piso cede. He levantado una tapa que deja al descubierto cierto espacio cuadrado por el que me introduzco. (*)


Nado a mayor profundidad y al sentir una corriente submarina fría, sigo su dirección. Termino tocando una superficie lisa, cubierta a tramos por vegetales marinos. Asciendo sin alejarme de ella. A medida que refloto, percibo mayor claridad. (*)


Emerjo en un ojo de agua adentro de una caverna, difusamente iluminada. Subo a una especie de plataforma. Camino unos pasos y descubro escalinatas. Comienzo a bajar por ellas sigilosamente.

El pequeño pasadizo se estrecha cada vez más, mientras sigo descendiendo por la escalera ahora muy resbaladiza. Veo teas encendidas con regularidad. Ahora, la bajada se ha tornado casi vertical. El ambiente es húmedo y sofocante. (*)


Una reja oxidada, a modo de puerta, me impide el paso. Empujo y se abre rechinando. La escalera ha terminado y ahora hay sólo una rampa embarrada por la que me desplazo con cuidado. El olor es pegajoso, casi sepulcral. (*)


Una ráfaga de aire amenaza apagar las antorchas. Al fondo, escucho el rugido de un mar embravecido azotando las rocas. Comienzo a experimentar dudas acerca de mi regreso. El viento silba con fuerza, apagando la tea más baja. Entonces, empiezo a subir frenando todo impulso de sobresalto. Lentamente, asciendo por la rampa barrosa. Llego a la puerta oxidada. Está cerrada... La abro nuevamente y continúo subiendo fatigosamente por las escaleras casi verticales, mientras las antorchas siguen apagándose a mis espaldas. La escalera de piedra está cada vez más resbaladiza de manera que doy cuidadosos pasos. He alcanzado la cueva. Llego a la plataforma y me sumerjo en el ojo de agua en el instante en que se apaga la última luz Desciendo hacia las profundidades, tocando la superficie lisa y vegetal. Todo está a oscuras. (*)


Al sentir una correntada fría, nado en dirección opuesta con gran dificultad. (*)


Logro salir de la corriente. Ahora subo verticalmente, hasta que doy con un techo de piedra. Busco en todas las direcciones para encontrar la apertura cuadrada. (*)


He llegado al lugar. Paso por el orificio. Ahora desengancho el ancla de su trampa y apoyo mis pies en ella mientras muevo la cadena para avisar a mis camaradas. Desde arriba están izando el ancla conmigo como pasajero. Lentamente se va iluminando el espacio acuático, mientras observo un fascinante arco iris de seres submarinos. Emerjo. Suelto la cadena y aferrándome a la escalerilla del barco, subo ante los vítores y bromas de mis amigos. (*)


V. EL ASCENSO

Es de día. Entro en una casa. Comienzo lentamente a subir por unos escalones. Llego a un primer piso. Continúo subiendo. Estoy en la azotea. Observo una escalera de metal en espiral. No tiene barandas de protección. Debo ascender para llegar al tanque de agua. Lo hago con tranquilidad. Estoy sobre el tanque. Su base es pequeña. Toda la estructura se mueve por las ráfagas de viento. Estoy de pie. (*)


Me acerco al borde. Abajo veo la azotea de la casa. Me siento atraído por el vacío pero me repongo y continúo mirando. Luego, paseo la vista por el paisaje. (*)


Arriba mío hay un helicóptero. Bajan desde él una escalerilla de soga. Los travesaños son de madera. Tomo la escalera y apoyo los pies en el último barrote. El aparato sube lentamente. Allí abajo queda el tanque de agua cada vez más diminuto. (*)


Subo por la escalera hasta llegar a la compuerta. Trato de abrirla pero está trancada. Miro hacia abajo. (*)


Han corrido la puerta de metal. Un joven piloto me tiende la mano. Entro. Subimos velozmente. Alguien anuncia que hay una falla en el motor. Al poco tiempo escucho un sonido de engranajes rotos. La hélice de sustentación se ha atascado. Empezamos a perder altura cada vez más rápidamente. Se distribuyen paracaídas. Los dos tripulantes saltan al vacío. Estoy en el borde de la compuerta, mientras la caída se hace vertiginosa. Me decido y salto. Voy cayendo de frente. La aceleración me impide respirar. Tiro de una anilla y el paracaídas se proyecta como una larga sábana hacia arriba. Siento un fuerte tirón y un rebote. He frenado la caída. Debo acertar al tanque de agua, de otro modo caeré sobre los cables de alta tensión o en los pinos cuyas puntas me esperan como afiladas agujas. Maniobro tirando del cordaje. Afortunadamente, el viento me ayuda. (*)


Caigo sobre el tanque, rodando hasta el borde. El paracaídas me envuelve. Me desembarazo de él y veo como cae desordenadamente. Estoy nuevamente en pie. Muy lentamente, comienzo a bajar la escalera en espiral. Llego a la azotea, bajando luego hasta el primer piso. Continúo descendiendo hasta llegar a la habitación... lo hago sin apuro. Estoy en la planta baja de la casa. Voy hasta la puerta, la abro y salgo.


VI. LOS DISFRACES

Estoy sin ropas en un campo nudista. Me siento observado cuidadosamente por personas de distinto sexo y edad. Alguien me dice que la gente me estudia porque ha notado que tengo problemas. Recomienda que cubra mi cuerpo. Entonces me pongo una gorra y unos zapatos. Inmediatamente los nudistas se desentienden de mí Termino de vestirme y salgo del campo... debo llegar pronto a la fiesta. Entro en una casa y en el recibidor, un petimetre me dice que para entrar al salón debo vestirme adecuadamente, ya que se trata de una fiesta de disfraces. Señala a un lado y allí veo un vestuario repleto de ropas y máscaras insólitas. Empiezo a elegir detenidamente. Ante un conjunto de espejos que hacen ángulo entre sí, voy probando disfraces y caretas. Puedo verme desde distintos puntos. Me pruebo el modelo y la máscara que peor me quedan. (*)


Ahora he encontrado el mejor de los conjuntos y la mejor máscara. Observo desde todos los ángulos. Cualquier detalle imperfecto es modificado de inmediato hasta que todo encaja maravillosamente bien. (*)


Entro radiante al gran salón en el que se desarrolla la fiesta. Hay mucha gente, toda disfrazada.

Se produce un silencio y todos aplauden la perfección del modelo que llevo. Me hacen subir a una tarima y piden que baile y cante. Lo hago. (*) Ahora el público solicita que me saque la máscara y que repita la operación. Al disponerme a hacerlo, noto que estoy vestido con aquél conjunto desagradable que me probé en primer lugar. Para colmo de males, estoy a cara descubierta. Me siento ridículo y monstruoso. No obstante, canto y bailo frente al público asimilando las mofas y los silbidos de reprobación. (*)


Un imprudente mosquetero, saltando a la tarima, me empuja injuriándome. Entonces, empiezo a convertirme en animal ante su desconcierto. Sigo cambiando, pero siempre conservando mi propio rostro: primero soy un perro, luego un pájaro, por último un gran sapo. (*)


Se acerca hasta mí una torre de ajedrez y me dice: “¡Debería darle vergüenza... asustar a los niños de ese modo!” Entonces, vuelvo a mi estado normal vestido con la ropa de todos los días. Estoy reduciéndome lentamente. Ya tengo la estatura de un niño pequeño. Bajo de la tarima y veo a los disfrazados, enormes, que me contemplan desde arriba. Sigo achicándome. (*)


Una mujer aúlla diciendo que soy un insecto. Se dispone a aplastarme con el pie, pero me reduzco microscópicamente. (*)


Rápidamente recupero la estatura de niño. Luego, mi apariencia normal. Después sigo creciendo ante la concurrencia que corre en todas las direcciones. Mi cabeza está tocando el techo. Observo todo desde arriba. (*)


Reconozco a la mujer que me quiso aplastar. La tomo con una mano y la deposito en la tarima, mientras ella chilla histéricamente. Volviendo a mi estatura normal, me dispongo a salir de la fiesta. Al llegar al recibidor, veo un espejo que deforma completamente mi aspecto. Entonces, fricciono la superficie hasta que me va devolviendo la hermosa imagen que siempre quise tener. (*)


Saludo al lechuguino de la entrada y salgo de la casa tranquilamente.


Nota al pie [10]


VII. LAS NUBES

En plena oscuridad, escucho una voz que dice: “Entonces no había lo existente ni lo no-existente; no había aire, ni cielo y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. No había seres humanos, ni un solo animal; pájaro, pez, cangrejo, madera, piedra, caverna, barranco, hierba, selva. No había galaxias ni átomos... tampoco había allí supermercados. Entonces, naciste tú y comenzó el sonido y la luz y el calor y el frío y lo áspero y lo suave”. La voz se silencia y advierto que me encuentro subiendo en una escalera mecánica, adentro de un enorme supermercado. He atravesado varios pisos y ahora veo que el techo del edificio se abre y la escalera sigue transportándome lenta y confortablemente, hacia un cielo despejado. Veo el edificio allí abajo, muy pequeño. La atmósfera es profundamente azul. Con gusto siento cómo la brisa hace ondear mis ropas, entonces aspiro el aire con placidez. Al cortar un suave estrato de vapor, me encuentro con un mar de nubes muy blancas. La escalera se curva aplanándose de modo que me permite caminar sobre ella como en una vereda. Desplazándome hacia adelante, compruebo que estoy avanzando en un piso de nubes. Mis pasos son muy armónicos. Puedo saltar largas distancias, ya que la gravedad es muy débil. Aprovecho para hacer piruetas, cayendo sobre mis espaldas y rebotando hacia arriba nuevamente, como si una gran cama elástica me impulsara cada vez. Los movimientos son lentos y mi libertad de acción es total. (*)


Escucho la voz de una antigua amiga que me saluda. Luego, la veo acercarse en una maravillosa carrera. Al chocar conmigo en un abrazo, rodamos y rebotamos una y otra vez haciendo todo tipo de figuras, riendo y cantando. (*)


Finalmente, nos sentamos y entonces ella saca de entre sus ropas una caña de pescar retráctil que va alargando. Prepara los aparejos, pero en lugar de anzuelos coloca un imán en forma de herradura. Luego comienza a maniobrar con el carrete y el imán va atravesando el suelo de nubes... Pasado un tiempo, la caña comienza a vibrar y ella grita: “¡Tenemos buena pesca!” Inmediatamente se pone a recoger los aparejos hasta que una gran bandeja va emergiendo adherida al imán. En ella hay todo tipo de alimento y bebida. El conjunto está cuidadosamente decorado. Mi amiga deposita la bandeja y nos disponemos para el gran festín. Todo lo que pruebo es de exquisito sabor. Lo más sorprendente es que los manjares no disminuyen. En todo caso, aparecen unos en reemplazo de otros con sólo desearlo, así es que me pongo a elegir aquellos que siempre quise comer y los consumo con gran fruición. (*)


Ya satisfechos, nos estiramos de espaldas sobre el blando colchón de nubes, logrando una estupenda sensación de bienestar. (*)


Siento el cuerpo algodonoso y tibio, totalmente aflojado, mientras suaves pensamientos surcan mi mente. (*)


Compruebo que no experimento prisa, ni inquietud, ni deseo alguno, como si contara con todo el tiempo del mundo para mí. (*)


En ese estado de plenitud y bienestar, trato de pensar en los problemas que tenía en la vida diaria y experimento que puedo tratarlos sin tensión innecesaria, de manera que las soluciones se me aparecen desapasionadas y claras. (*)


Al tiempo, escucho a mi amiga que dice: “Tenemos que volver”. Me incorporo y, dando unos pasos, siento que estoy sobre la escalera mecánica. Suavemente, ésta se inclina hacia abajo penetrando el piso de nubes. Percibo un tenue vapor, mientras comienzo el descenso hacia la tierra. Estoy acercándome al edificio, por cuya parte superior entra la escalera mecánica. Voy descendiendo por los distintos pisos del supermercado. Veo por todas partes a la gente que preocupadamente escoge sus objetos de compra. Cierro los ojos y escucho una voz que dice: “Entonces no había ni temor, ni inquietud, ni deseo, porque el tiempo no existía”. (*)


Nota al pie [11]


VIII. AVANCES Y RETROCESOS

En una habitación bien iluminada, camino unos pasos y abro una puerta. Avanzo despacio por un pasillo. Entro por otra puerta a la derecha y encuentro un nuevo pasillo. Avanzo. Una puerta a la izquierda. Entro y avanzo. Nueva puerta a la izquierda. Entro y avanzo. Nueva puerta a la izquierda, entro y avanzo. Retrocedo lentamente por el mismo camino hasta volver a la habitación inicial. (*)


Hacia la derecha del cuarto hay un gran ventanal que deja ver un jardín. Desplazo el cristal. Salgo afuera. En el suelo hay preparado un aparato que tensa un alambre de acero y lo suspende a poca distancia del suelo. Sigue líneas caprichosas. Subo al alambre haciendo equilibrio. Primeramente, doy un paso. Luego, otro. Me desplazo siguiendo curvas y líneas rectas. Lo hago sin dificultad. Ahora, de espaldas, efectúo el camino inverso hasta llegar al punto inicial. (*)


Bajo del alambre. Vuelvo a la habitación. Veo un espejo hecho a mi medida. Camino hacia él pausadamente, mientras observo que mi imagen viene, lógicamente, en mi dirección. Así, hasta tocar el vidrio. Luego, retrocedo de espaldas mirando cómo mi imagen se aleja. Me acerco nuevamente hasta tocar el vidrio, pero descubro que mi imagen retrocede y termina por desaparecer. Veo ahora que mi imagen viene caminando de espaldas. Se detiene antes de llegar al vidrio, gira sobre sus talones y avanza hacia mí. Salgo a un patio de grandes baldosas. En un lugar central, hay un sofá emplazado exactamente sobre una baldosa negra. Todas las otras son blancas. Me explican que el asiento tiene la virtud de desplazarse siempre en línea recta y en todas direcciones, pero sin cambiar de frente. Me acomodo en él y digo: “Tres baldosas adelante”. Entonces, el asiento se ubica donde he indicado. Cuatro a la derecha. Dos hacia atrás. Dos a la izquierda. Una hacia atrás. Dos a la izquierda, terminando en la baldosa negra. Ahora: tres atrás. Una a la derecha. Una atrás. Cuatro a la derecha. Cuatro hacia adelante. Cinco a la izquierda, llegando a destino. Por último: tres a la izquierda. Dos hacia atrás. Una hacia adelante. Dos a la derecha. Tres hacia atrás. Una a la derecha. Cuatro hacia adelante, concluyendo en la baldosa indicada.

Me levanto y salgo de la casa. Estoy parado en medio de una gran carretera. No se desplaza ningún vehículo. Veo acercarse derechamente hacia mí, una persona a la que quiero mucho. Ha llegado tan cerca que casi está tocándome. (*)


Ahora retrocede alejándose cada vez más, hasta desaparecer. (*)


Veo que se acerca una persona que me suscita profundo desagrado. Ha llegado muy cerca mío. (*)


Ahora retrocede alejándose cada vez más, hasta desaparecer. (*)


Estoy sentado aquí. Recuerdo una escena sumamente difícil en la que estoy frente a otras personas. Me voy alejando de esas personas. (*)


Recuerdo una escena en la que me veo participando con mucho agrado. Me voy alejando de la situación. (*)



IX. EL MINERO

Hay gente alrededor mío. Todos estamos vestidos de mineros. Esperamos que suba el montacargas. Es muy temprano. Una llovizna suave cae del cielo plomizo. Diviso a lo lejos, la silueta negra de la fábrica que resplandece en sus altos hornos. Las chimeneas vomitan fuego. El humo se eleva en densas columnas. Distingo, entre el ritmo lento y distante de las máquinas, una aguda sirena que marca el cambio de turno de personal. Veo subir lentamente el montacargas que, con una fuerte vibración, termina por detenerse a mis pies. Avanzamos hasta emplazarnos sobre la plancha metálica. Se cierra una reja corrediza y comenzamos a descender lentamente, entre el murmullo de los comentarios. La luz del montacargas, me permite ver la pared rocosa que pasa muy cerca. A medida que descendemos, aumenta la temperatura y el aire se torna viciado. Nos detenemos frente a una galería. Sale la mayoría de los ocupantes del montacargas. Se cierra nuevamente la reja. Hemos quedado cuatro o cinco mineros. Continuamos la marcha, hasta parar en otra galería. Desciende el resto de los ocupantes. Quedo solo y recomienzo la bajada. Finalmente, se detiene la plancha con estrépito. Empujo la reja y avanzo introduciéndome en un socavón apenas iluminado. Escucho el ruido del montacargas regresando.

Adelante, sobre unos rieles está la zorra de transporte. Me subo en ella y arranco el motor, desplazándome luego lentamente por el túnel. Detengo el carro al término de las vías. Bajo y comienzo a descargar herramientas. Enciendo la linterna de mi casco. Escucho ecos lejanos, como de trépanos y martillos hidráulicos... pero también percibo una débil voz humana que llama ahogadamente. ¡Yo sé que significa eso! Dejo las herramientas y me cruzo unas cuerdas en el hombro. Arrebato una piqueta y avanzo resueltamente por el túnel que se va estrechando. La luz eléctrica ha quedado atrás. Sólo me guío por el reflector del casco. Periódicamente me detengo para escuchar la dirección del lamento. Llego encogido al fondo del túnel. Adelante, en la excavación recientemente practicada, termina la galería. El material disperso me indica que el techo se ha desmoronado. Por entre rocas y vigas de madera quebradas, fluye agua. El piso está convertido en un lodazal, en el que se hunden mis botas. Remuevo varias piedras, ayudándome con la piqueta. En un momento, queda al descubierto un agujero horizontal. Mientras calculo cómo deslizarme por él, percibo netamente los quejidos, seguramente el minero atrapado está a pocos metros de distancia. Introduzco entre las rocas la piqueta y ato a su mango un extremo de la cuerda ajustando el otro alrededor de mi cintura. Ajusto mi atadura con una hebilla metálica. Me sumerjo en la cavidad dificultosamente. Arrastrándome sobre los codos avanzo en un descenso pronunciado. Veo, a la luz del casco, que el conducto se estrecha hasta quedar cerrado. El calor húmedo es sofocante, la respiración dificultosa. (*)


Desde mis pies corre cieno espeso. Lentamente va cubriendo mis piernas y se desliza pegajosamente bajo el pecho. Advierto que mi estrecho recinto quedará cubierto de lodo en poco tiempo. Hago presión hacia arriba, pero mi espalda pega contra la roca viva. Intento retroceder... ya no es posible. La voz quejumbrosa está muy cerca. (*)


Grito con todas mis fuerzas y el suelo cede arrastrándome en su derrumbe... Un fuerte tirón en la cintura, coincide con el súbito detenimiento de la caída. Quedo suspendido de la cuerda como un absurdo péndulo de barro. Mi carrera se ha detenido muy cerca de un piso alfombrado. Veo ahora, en un ambiente fuertemente iluminado, una elegante sala en la que distingo una suerte de laboratorio y enormes bibliotecas. Pero la urgencia de la situación hace que me ocupe en cómo salir de ella. Con la mano izquierda ajusto la soga tensa y con la otra suelto la hebilla que la sujeta a mi cintura. Luego, caigo suavemente sobre la alfombra.

¡Qué modales, amigo!, ¡qué modales! –dice una voz aflautada. Giro sobre mis pies y quedo paralizado. Tengo al frente un hombrecillo de, tal vez, sesenta centímetros de altura. Descartando sus orejas ligeramente puntiagudas, se diría que es muy proporcionado. Está vestido con alegres colores, pero con un inconfundible estilo de minero. Me siento entre ridículo y desolado, cuando me ofrece un cóctel. De todas maneras, me reconforto bebiéndolo sin pestañear.

El hombrecillo junta sus manos y las lleva adelante de la boca a modo de bocina. Luego, emite el quejido que simula a un pedido de socorro, ese quejido que tan bien recuerdo. Entonces, crece en mí una enorme indignación. Le pregunto qué significa esa burla y me responde que gracias a ella, mi digestión habrá de mejorar en el futuro. El personaje sigue explicando que la cuerda que apretó mi cintura y el abdomen en la caída, ha hecho muy buena labor; igualmente, el recorrido del túnel sobre mis codos. Para terminar sus extraños comentarios, me pregunta si tiene algún significado para mí, la frase: “Usted se encuentra en las entrañas de la tierra”. Respondo que esa es una manera figurada de decir las cosas, pero él replica que, en este caso, se trata de una gran verdad. Entonces, agrega: “Usted está en sus propias entrañas. Cuando algo anda mal en las vísceras, las personas piensan cosas extraviadas. A su vez, los pensamientos negativos perjudican las vísceras. Así es que en adelante, cuidará usted ese asunto. Si no lo hace, me pondré a caminar y usted sentirá fuertes cosquilleos y todo tipo de molestias internas... Tengo algunos colegas que se ocupan de otras partes como los pulmones, el corazón, etcétera” Dicho eso, el hombrecillo comienza a caminar por las paredes y el techo, al tiempo que registro tensiones en la zona abdominal, el hígado y los riñones. (*)


Luego, me arroja un chorro de agua con una manguera de oro, limpiándome el barro cuidadosamente. Quedo seco al instante. Me tiendo en un amplio sofá y comienzo a relajarme. El hombrecillo pasa una escobilla, rítmicamente, por mi abdomen y cintura, logrando en mí una notable relajación de esas zonas. Comprendo que al aliviarse los malestares del estómago, hígado o riñones, cambian mis ideas y sentimientos. (*)


Percibo una vibración al tiempo que me elevo suavemente. Estoy en el montacargas subiendo hacia la superficie de la tierra.


Nota al pie [12]


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Notas a Experiencias guiadas

  1. El cuadro por el que se penetra al parque de diversiones está inspirado en la primera carta del Taroquis. Se trata de la imagen de un jugador, a la que siempre ha sido asociada la inversión de la realidad, el escamoteo y el truco. Es pariente del prestidigitador y abre una veta de irracionalidad que permite entrar en esa dimensión de maravilla propicia para el recuerdo infantil.
  2. La “parálisis” que domina una buena parte del relato, permite recrear situaciones en las que muchas emociones pierden carga por el hecho de enlentecer la dinámica de la imagen. Es así como se puede generar un clima de reconciliación, agregando que quien “perdona” se encuentra en situación de superioridad respecto del que en otro momento llevaba la iniciativa, o sea, del que era “ofensor”.
  3. La escena de los bomberos como agentes y ejecutores de la justicia, está inspirada en el Fahrenheit 451 de Bradbury. En este caso está tratada la imagen como contraste con la pena de muerte por sed en el desierto. La misma idea permite desarrollar el absurdo del juicio en el que el acusado en lugar de descargar su supuesta culpa, “carga” su boca con un sorbo de agua. Cuando el Secretario concluye diciendo: “¡Lo que he dicho, he dicho!”, no hace sino seguir las palabras de Pilato, rememorando aquél otro juicio surrealista. Los Ancianos que personifican las horas, están inspirados en el Apocalipsis de Lawrence. El tema de las gafas inversoras es muy conocido en Psicología experimental y ha sido citado, entre otros, por Merleau-Ponty en La estructura del comportamiento.
  4. La imagen del gigante está inspirada en el Gargantúa y Pantagruel de Rabelais. El canto rememora las fiestas del país vasco y las canciones con las que se paseaban “gigantes y cabezudos”. La imagen holográfica recuerda a las proyecciones de El fin de la infancia de Clarke. Toda la cuestión de la búsqueda y la alusión al “no mires hacia atrás”, se apoyan en la historia de Orfeo y Eurídice en el Hades.
  5. El argumento está tratado dentro de un contexto clásico, aún cuando las escenas de la ciudad recuerdan a Venecia, o tal vez, Amsterdam. El recitado del primer coro es una modificación del Himno a Tanatos, que dice así: “Escúchame, ¡oh Tanatos!, cuyo ilimitado imperio alcanza dondequiera a todos los seres mortales! De ti el plazo a nuestra edad concedido, depende, que tu ausencia prolonga y tu presencia ultima. Tu sueño perenne aniquila a las multitudes vivas y de ellas el alma gravita por atracción, hacia el cuerpo que todos poseen, cualquiera sea su edad y su sexo, ya que ninguno escapa a tu poderoso impulso destructivo”. El recitado del coro segundo, se basa en el Himno a Mnemosina, que dice así: “Tú tienes el poder de despertar al aletargado uniendo el corazón a la cabeza, librando a la mente del vacío, vigorizándola y estimulándola, alejando las tinieblas de la mirada interna y el olvido”. En cuanto al diálogo con el espectro, al final éste dice: “¡Adiós de una vez! Ya la luciérnaga anuncia la proximidad del alba y empieza a palidecer su indeciso fulgor. ¡Adiós, adiós, adiós! ¡Acuérdate de mí!” Es textual del Acto I, Escena V del Hamlet de Shakespeare y se refiere a la sombra del padre que revela al príncipe quiénes fueron sus asesinos por medio del veneno. La barca, que también es una carroza fúnebre, recuerda la raíz de “carnaval” (carrus navalis). Esas carrozas negras, a veces decoradas con grandes ostras o conchas llevando el féretro en su interior y a menudo cubiertas de flores, rememoran el viaje acuático. Los juegos con flores y aguas de las Lupercales romanas tienen el mismo antecedente. Aquí se trata de disfraces y conversiones en donde al final del relato el sombrío Caronte, que regresa de la isla de los muertos, se convierte en el joven conductor de una lancha deportiva. Este cuento es de un complejo juego de imágenes en donde cada elemento admite un estudio particular: sea el mar inmóvil; la barca suspendida sobre el agua; el manto que arde; los coros; los cipreses (que ambientan a las islas griegas y a los cementerios), etc.
  6. Está inspirado en la carta 21 del Tarot. En las cartas Taroquis, aparece la imagen más aproximada a la de esta experiencia, no así en la primera recopilación de Court de Gibelin o del Tarot de los Bohemios o, por último, del seudo Tarot egipcio. Sobre el Anima Mundi (llamada “el mundo” en el Tarot), hay un grabado muy ilustrativo en el libro de Fludd Utriusque Cosmi Maioris, publicado en 1617. Jung, se refiere también a éste personaje en sus Transformaciones y símbolos de la libido. A su vez, las religiones no dejan de tener en cuenta a éstas vírgenes de las grutas. En ese sentido, la protectora de la vida es una virgen de las grutas con elementos del paganismo griego, tales como la corona de flores y el cervatillo que lame su mano, recordando a Artemisa o su contrafigura romana, Diana. No sería difícil cambiar su corona por una de estrellas, o asentar sus pies sobre una media luna para estar en presencia de una virgen de las grutas, pero patrimonio ya de las nuevas religiones que desplazaron al paganismo. La ambientación del argumento es tropical y eso contribuye a resaltar la extrañeza de la situación. La calidad del agua que bebe el protagonista, trae a cuento al elixir de la juventud. Todos esos elementos, combinados, sirven al mismo objetivo de enaltecer la reconciliación con el propio cuerpo.
  7. El enrarecimiento general del argumento se ha logrado destacando la indefinición del tiempo (“no estoy seguro si está amaneciendo, o cae la noche”); confrontando espacios (“Veo que el coloso separa netamente dos espacios, aquél del que provengo pedregoso y mortecino, de ese otro lleno de vegetación y vida”); cortando la posibilidad de conexión con otras personas, o induciendo a una babélica confusión de lenguas (“Pregunto a mi compañero acerca de lo que está sucediendo. Me mira furtivamente y responde en una lengua extraña: ‘Rex voluntas’”). Por último, dejando al protagonista a merced de fuerzas incontrolables (calor, terremotos, extraños fenómenos astronómicos, aguas contaminadas, clima de guerra, gigante armado, etc.). Gracias a los recursos mencionados, el sujeto saliendo de ese tiempo-espacio caótico, puede reflexionar sobre aspectos menos catastróficos de su vida y hacer propuestas de cierta solidez a futuro. Las cuatro nubes amenazantes tienen por referencia el Apocalipsis de Juan de Patmos (6,2 a 6,9): “Y miré y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer. Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente, que decía: Ven y mira. Y salió otro caballo, bermejo, y al que lo montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada. Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente que decía: Ven y mira. Y miré y he aquí, un caballo negro; y el que lo montaba tenía una balanza en la mano... Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente que decía: Ven y mira. Miré y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía”.
  8. La Experiencia se inicia con elementos de La Divina Comedia, del Dante. Así, en el dintel de la famosa puerta, Dante y Virgilio, leen: “Per me si va ne la cittá dolente, per me si va ne l’eterno dolore, per me si va tra la perduta gente. Giustizia mosse il mio alto fattore: fecemi la divina potestate, la somma sapienza e’l primo amore. Dinanzi a me non fur cose create se non eterne, e io eterna duro. Lasciate ogni speranza, voi ch’ entrate”.
  9. El veloz desplazamiento de la burbuja, recuerda ese viaje tan espléndidamente narrado por Stapledon en Hacedor de estrellas. La descripción del efecto Doppler, en el cambio de coloración de las estrellas por acción de la velocidad, queda en la Experiencia Guiada disimulada con estas frases: “Siento que aumenta la velocidad. Las límpidas estrellas van virando de color hasta desaparecer en la oscuridad total”. He aquí una curiosa consideración: “Como impulsados por un gran elástico, partimos rectamente. Creo que vamos en dirección a Beta Hydris o, tal vez, hacia NGC 3621 (?)”. ¿Por qué se anotan esas direcciones cósmicas? Si en el momento de la descripción el sol se está poniendo (“Hacia el abismo es de noche; hacia la llanura, los últimos rayos del sol fugan en tonalidades múltiples”), bastará saber a qué hora local está ocurriendo el acontecimiento. Teniendo por antecedente que esta obra fue escrita a mediados de 1988 (es decir, como día central el 30 de junio) y que el lugar en que se redactó esta Experiencia está ubicado a 69 grados longitud oeste y 33 grados latitud sur, la hora local correspondió a las 19 (retrasada cuatro horas respecto de la GMT). En ese momento, el punto de elevación de 90 grados (es decir, el que estaba encima de la burbuja y hacia el cual ésta se dirigía rectamente), nos mostraba un cielo que entre la constelación austral de Crux y la de Corvus, próxima a Antliae, bien puede definir a varios objetos celestes. De entre ellos, los más destacados son justamente Beta Hydris y NGC 3621. Con todas las extrañezas que presentan las Experiencias guiadas, esa licencia astronómica no está fuera de lugar. Con respecto al cuerpo en movimiento, se dice: “Sigo avanzando hasta llegar a un plano en cuyo centro veo un gran objeto móvil, imposible de capturar con la mirada, porque al seguir una dirección cualquiera en su superficie, ésta termina envuelta en el interior del cuerpo. Siento mareo y aparto la vista”. Sin duda, la descripción recuerda algunas construcciones topográficas de la moderna Geometría y que se han plasmado en objetos “envolventes”. Con la puesta en movimiento de ese tipo de cuerpo, se produce un efecto desconcertante. Recordemos el grabado en madera (impreso en cuatro planchas), de la cinta de Moebius de Escher, para acercarnos a la idea central: ese trabajo, aunque estático, nos deja la sensación de superficie paradójica y de percepción paradójica. Hofstadter, en su Gödel, Escher, Bach, explica: “En el concepto de bucles extraños, va implícito el de infinito, pues ¿qué otra cosa es un bucle sino una manera de representar de manera finita un proceso interminable? Y el infinito representa un vasto papel en los dibujos de Escher. En ellos suelen verse copias de un tema determinado que se acoplan las unas en las otras, constituyendo así los análogos visuales de los cánones de Bach”. De acuerdo a esto, el objeto de la Experiencia Guiada sería un “bucle en movimiento”.
  10. Son numerosos los elementos que recuerdan el Alicia en el país de las maravillas y el A través del espejo, de Carroll. Recordemos las expansiones y contracciones de este pasaje: “Está bien, lo comeré –dijo Alicia–. Si me hace más grande, podré alcanzar la llave; si me hace más chica, podré colarme por debajo de la puerta. ¡De un modo u otro entraré al jardín, pase lo que pase!... Comió un pedacito y se preguntó ansiosamente: ¿En qué sentido?, poniéndose la mano sobre la cabeza para percibir si se alargaba o se acortaba”. Y en este otro fragmento, los transformismos de espacio: “Supongamos que el cristal se volvió tan tenue como la gasa, de manera que podemos pasar a través de él. ¡Vaya!, ahora se está convirtiendo en una especie de niebla. Será bastante fácil atravesarlo...”. También en El Señor de los anillos de Tolkien, encontramos las modificaciones de las imágenes en el espejo mágico, como sucede en casi la mitología universal. En cuanto a la transformación del ser humano en animal, una línea sin interrupción conecta las más antiguas tradiciones con la Metamorfosis de Kafka. De manera que estos temas son ampliamente conocidos y aprovechados en la construcción de la Experiencia.
  11. Este trabajo toma el mismo nombre de la comedia que Aristófanes hizo representar en el 424 a.C. En toda la Experiencia hay un trasfondo alegre y burlón, en homenaje a la intención de la obra griega. La voz que se escucha al comienzo, contrae en una misma explicación, los “Génesis” de tres obras importantes. Así, el Cántico de la Creación del Rigveda, nos dice: “Entonces, no había lo existente ni lo no existente; no había reino del aire, ni del cielo, más allá de él”. En cuanto a “...las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”, es textual del libro primero de Moisés (Génesis 1,2). Y lo referente a “no había seres humanos, ni un sólo animal, pájaro, pez, cangrejo, madera, piedra, caverna, barranco, hierba, selva”, corresponde al Popol-Vuh (libro del Consejo de los Indios Quichés, según el manuscrito de Chichicastenango). Aquello según lo cual “no había galaxias ni átomos”, nos ubica a la altura del periodismo actual, comentando la teoría del Big-Bang. Y, por último: “...tampoco había allí supermercados”, se trata de la explicación que diera una niña de cuatro años. La anécdota es ésta: –Dime Nancy, ¿cómo era todo antes de que empezara el mundo? “No había papá, ni mamá –repuso la pequeña– tampoco había allí supermercados.”
  12. El hombrecillo de la mina es un gnomo, personaje de las profundidades muy difundido en leyendas y cuentos europeos. Según está tratado en esta Experiencia, el gnomo es una alegoría de los impulsos cenestésicos viscerales traducidos a imagen visual.